miércoles, 18 de mayo de 2011

Pintando los verdes prados de Cacutico.

Saliendo de Escagüey por la parte de arriba, se inicia una troncal que nos conduce hacia Cacutico. Una vía angosta, recién pavimentada, que serpentea entre pequeñas parcelas de cultivo. Cacutico es un pequeño pueblo, al pie de la Sierra de la Culata,  formado por un puñado de casas rurales alineadas en torno a una calle recta.
Seguimos ascendiendo en zigzag y nos detenemos justo enfrente del nacimiento de un bosque. Allí, sobre una verde llanura, teniendo como fondo una plantación de eucaliptos, sobre la yerba tupida del kikuyo,  Nancy y yo   nos tumbamos a descansar bajo su sombra protectora. Conforman este paisaje una sucesión de colinas que ascienden suavemente hasta la masa rocosa de las lejanas cumbres. Coronan sus  cimas grupos  de pinos relucientes ante el sol,  de distintas variedades sembrados durante una reforestación ya cincuentenaria. Algunos se han secado y sus ramas blanquecinas semejan  espinas de pescado. Los cultivos y potreros avanzan hacia los grandes árboles amenazando con romper el equilibrio de aquel paisaje montañoso. Manos inescrupulosas sedientas de tierra pueden derribarlos en cualquier momento.
La vista hacia el lado sur es también de lo más agradable;  el aire increíblemente delgado y cristalino, se presenta hecho  de una consistencia diáfana y  pura que resbala en las pupilas. La luz derrama una rica paleta de amarillos y ocres refulgentes sobre las flores de berro que tapizan estos potreros, donde el ganado pace muy tranquilo a esta hora de la mañana. El berro pone una nota alegre y vibrante en estos páramos. Es una crucífera, que se da silvestre-  especie autóctona del lugar, pariente cercano de la mostaza. Con sus semillas los campesinos preparan una harina llamada Samil, rica en proteínas, para rellenar las arepas del desayuno, cuando no hay otra cosa que comer...
Francisco Rivero. Berros en Cacutico. 2006.

Ya salen limpios y relucientes los colores del oleo de sus pomos y se ordenan sobre la paleta de madera, siguiendo un ritual de siglos. El olor fresco de la trementina y el aceite de linaza son como los aromas sagrados del incienso y la mirra, que nos preparan para el acto supremo creador. Unas pinceladas de azul cobalto puestas sobre  el perfil transparente y silencioso de la Sierra Nevada,  cierran este  paisaje montañés, que ahora yo humildemente intento  captar sobre un lienzo de 60x 50 cm. Trato de descifrar el secreto de la vida, entre el laberinto de las ramas retorcidas del berro, mientras observo todo con admiración.  Una experiencia de los más enriquecedora, sin duda alguna, pues me permite dialogar directamente con el espíritu de estos páramos.

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