miércoles, 3 de diciembre de 2014

La luz de la mañana.




Un día de comienzos de diciembre con el cielo despejado y la temperatura agradable, unos 19 grados centígrados. La luz de las ocho de la mañana  ilumina a medias el paisaje de la meseta de Mérida. Estoy parado en un  balcón del tercer piso, de un edificio,   que domina esta parte bastante plana de la meseta llamada La Sabana. El verde de la montaña contrasta con los tejados rojos. La luz resplandece en los muros blanquecinos de cal.

La Luz d ela mañana. Francisco Rivero. 2014.

Con una cartulina de color azul marino, marca Guarro y lápices de pastel hice este boceto. Las dimensiones son de 45x30 cm. Trate de reproducir cada detalle pero sin trabajar más de un par de horas-  en una sección- pues se trata de un simple boceto para un futuro cuadro…Se necesitan pocos ingredientes para lograr algo interesante: algunos materiales sencillos,  una vista agradable y un poco de magia,  para cocinar un cuadro. La voi la...

lunes, 1 de diciembre de 2014

El Humo de las Hallacas.




Sentado en el patio de mi casa observo cómo se eleva lentamente hacia el cielo una columna de humo. Se están cocinando las Hallacas en la gran olla de aluminio. ES la olla ancestral donde se mezclan los sabores de la tierra. Olla de peltre gris, golpeada y manchada de tizne, con el fuego de la leña ardiendo a sus pies. Las llamas crepitantes consumen la vieja madera de un Sauco vencido por el tiempo y las lluvias. Los olores traen recuerdos lejanos  en el tiempo que se amontonan en la mente, abriendo pasadizos secretos en la memoria. Vuelven hacia nosotros las imágenes olvidadas de la infancia. La caída de un árbol,  el juego de pelota en la calle, la rotura de un brazo o cualquier otra tremendura de niño.

Francisco Rivero. Hallacas. 2014.

Estamos a comienzos de diciembre cuando los lomos de los cerros se engalanan con las rojas espigas del yaraguá. Tiempo de pesebres y visitantes lejanos. El Yaraguá es una especie africana traída desde le Brasil, para alimentar las vacas y  sirve también  endulzar la leche.  La Zábila florece de amarrillo oro y más allá los rojos capachos se abren a la mañana entre el verde primordial. En los páramos lejanos densos chirivitales y retorcidos encinillos se desparraman entre los oscuros bosques de pinos. Las paredes se blanquean  con una luz transparente y  la brisa meciendo los árboles tímidamente refresca las mejillas. Los rojos tejados dan color de pueblo a un a paisaje inequívocamente andino.
El olor de la hallaca inunda el ambiente con su maridaje de sabores, mezclando condimentos exóticos y sazones del campo, va  pasando poco a poco por encima de los tapiales y llegando hasta  las casas vecinas. Mientras tanto en un mesón de madera, las mujeres cortan las carnes rosadas del marrano, la tierna gallina y la carne de res de color púrpura. La conversación se hace fácil. Las verduras  recién salidas de la tierra ponen el verdor sobre la blanca masa del maíz. Las hojas de plátano, ahumadas con leña y cortadas en rectángulos reciben el guiso que se desparrama en forma circulas. El amarrado con blancos pabilos de pita, es una técnica de vieja tradición que le da forma al manjar.
Las hallacas rebullen en la olla caliente. Al fondo, en una mesa hay una partida de dominó entre cuatro amigos. Son Paisaje, mujeres, hombres, arboles, y todo ello palpitando ahora  en el aire decembrino. Y mil recuerdos envueltos entre el humo.