miércoles, 16 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer III.

III. Ospino.


Una luz intensa me   encegueció momentáneamente.  Cuando pude  abrir  los ojos vi que el autobús estaba detenido. Enfrente parecía haber salido el sol con  unos grandes avisos luminosos, también la luz interior del vehículo estaba encendida.  Poco a poco me fui adaptando a la claridad y me puse de pie.   Paramos en  una especie de dársena.  Allí estaban    estacionados en fila todos los autobuses  del occidente del país. Autobuses de  distintas líneas urbanas y extraurbanas. Del Oriente, del centro y de los Llanos. Dejaban encendidos los motores pues los de Diesel no se pueden apagar y prender tan fácilmente.


Entre la fuente de soda y el  borde de la carretera  despachaba combustible una bomba de gasolina propiedad de un italiano. Había una gran venta de cauchos con la cual se enriqueció el musiú  en pocos años. Ahora mantenía casi la mitad del pequeño pueblo de Sicilia, de donde salió después de la Guerra con una mano adelante y otra atrás. También prosperaba el negocio del  Gasoil y el aceite.
Los pasajeros con cara de sueño se levantaban con cierta pereza de su asiento. Comenzaban a descender en fila. Le pregunte al tipo del asiento de al lado como se llamaba el pueblo y me dijo que era Ospino.

-¿Ospino? ¿En que parte del camino estamos?  -Pregunte al chofer al salir.
-Ospino queda a mitad de camino entre Acarigua y Guanare, en el Estado portuguesa. También es la mitad del camino hacia Mérida- respondió.

Casi todos salimos a estirar los pies, a excepción de los novios que seguían muy apurruñados.
Recuerdo bien que al bajar del autobús, sentí una llamarada de aire caliente que me recorrió por todo el cuerpo. Di unos pocos pasos hacia atrás. Luego me sumergí en el ambiente abrasador y bullicioso de una gran fuente de soda. Un lugar de espacios  abiertos a la intemperie por donde volaban las moscas y mariposas nocturnas por sobre unas mesas de patas de aluminio. Lo primero que buscaban los viajeros eran los baños. Como es normal, los sanitarios de la fuente de soda estaban en los extremos y se ubicaron  con facilidad por los olores que desprendían: había que caminar un buen trecho para llegar a ellos.
Enfrente de una larga barra  el público se arremolinaba. Parecía que  nunca terminaban de  ordenar comidas y bebidas, escrutando con ojos hambrientos las bandejas donde estaban los distintos tipos de rellenos para las arepas. Aquel ambiente de feria de pueblo con su potente iluminación encandilaba los ojos, las cosas brillaban de manera irreal bajo la luz de unas grandes lámparas fluorescentes. Detrás de la barra algunos empleados con batas blancas y gorros se movían de un lado a otro con suma rapidez; servían café,  atendían a los clientes, cobraban y daban el vuelto. Al frente de aquel establecimiento estaba un portugués de Madeira de cara redonda y brillante, quien daba órdenes a los empleados desde la altura de un banco enfrente de la caja registradora. Con su peculiar acento lusitano movía los labios con rapidez dando órdenes, haciendo subir y bajar un cómico bigotico negro.
Los clientes se impacientaban tratando de ser atendidos de inmediato
-Dame una de queso de mano- decía una señora gorda alzando una pequeña mano de dedos muy cortos y llenos de anillos, de mirada algo soñolienta.
-Yo quiero otra de carne mechada con queso amarillo – gritaba un joven al lado por encima del ruido del gentío.
Pude ordenar un café con leche grande, después de grandes esfuerzos para atraer la atención de un mesonero. Le di un bolívar y me dio un real de vuelto. Inmediatamente empezaban formarse pequeños grupos de pasajeros que hablaban entre ellos animadamente.

Me senté en una mesa a tomarme  mi café en compañía de tres personas que jamás había visto y las cuales trataban de ignorarse mutuamente dirigiendo la mirada hacia las tazas humeantes o a cualquier lado. Un niño tomaba una coca cola a pequeños sorbos mordisqueando el pitillo. Estaba sofocado por el calor.
Observe delante de mí un grupo de tres jóvenes muchachas de pie que conversaban con dos tipos de manera jovial. Se notaba a leguas que eran estudiantes. Una de ellas alta y de cabello negro, reclamaba especial atención por su belleza y risa franca y alegre. Era consciente de su hermosura y sabía hablar para atraer la atención de los demás. De tez  blanca y grandes ojos negros rasgados atrayentes, imposibles de ignorar cuando se le miraba. De cuerpo muy bien formada, aparentando una mujer ya adulta de entrando a los treinta años. Dos senos bien formados se proyectaban hacia adelante provocativamente estirando la tela  de su blusa de seda.
De repente con cierta picardía premeditada, se ponía seria y luego estallaba en una risita.  Volteaba la cabeza haciendo mover con sensualidad  su negra y lacia cabellera que le caía por encima del sobretodo.
Su nombre era Adriana. Junto a ella estaban dos amigas. Creo que una llamaba Yudith, bastante energética en sus movimientos al hablar, una morenita simpática de sweater rojo, quien daba pequeños saltos y batidas de brazos al hablar. Estaba narrándole a su amiga las peripecias de un partido de volibol.
La tercera era  Eunice una joven de lentes, pelo lacio rubio,  con cara de bibliotecaria, de piernas largas que vestía un pantalón blue jeans sweater blanco. Era  bastante delgada de rostro pálido y manos grandes. Llevaba un bolso de tela color beige en donde tenía unos libros.
El trio era el centro de atención de muchas miradas. Irradiaba un aura de vitalidad y fuerza juvenil que armonizaba muy poco con el medio ambiente tan ordinario.
Algunos jóvenes intentaban recalar en aquel oasis de encantadora frescura y  se acercaban con cualquier motivo para establecer una conversación. Se retiraban luego algo decepcionados de no poder captar la atención de las jóvenes muchachas y luego venían a otros a conversar con ellas.
La del sweater blanco y lentes se separó de ellas se sentó en una mesa vacía. Sacó un libro del bolso y empezó a leer. El cabello le caía sobre la cara y no podía ver su rostro.
Cambie de mesa me dirigí casi inconsciente hacia el punto de atracción y le pedí permiso para compartir la suya.
-No hay problema- me dijo.
Eunice era estudiante de química. Le faltaban dos años para graduarse y ya estaba trabajando en la tesis. Le dije que yo pensaba estudiar biología.
-Pues entonces vas a tener que aprender mucha química- me dijo. Sin química no hay biología. Todo en la vida son procesos químicos. La forma en que actuamos y nos movemos depende de las hormonas y sustancias químicas que manda el cerebro.
- Increíble- fue lo único que pude decir y me quede boquiabierto.
Luego con algo de rubor en sus mejillas agregó
-Inclusive te acercaste hacia mí porque tus hormonas masculinas te enviaron alguna señal.
- Eso es positivo - le dije sonriendo.
-Chao.

-Chao Eunice. Creo que vas a ser una excelente profesora cuando termines tus estudios. Cónchale! Lo haces muy bien.

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