viernes, 18 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer V.

V. Requiebros de amor.


Después de salir de un pestilente baño de caballeros, y  pudiendo notar   que no había caído ningún líquido sobre mi pantalón pasé a observar las vidrieras en donde se exponían todo tipo de objetos para los viajeros.
Me entretuve un rato mirando los discos de una rokola. Todavía en los años 70 abundaban las Rockolas  al igual que  los bares de carretera, aunque ya estaban en declive. Los bares de carretera de los años 50 eran la mejor expresión del modernismo de la época. Fachadas cubiertas de mármol y un decorado interior de líneas futuristas y aerodinámicas. Eran muy limpios y allí todo brillaba. Mucho plástico, topes de acero inoxidable, colores vivos y lucecitas para recrear un ambiente de las películas de Hollywood.
Cuando era niño había uno de esos  bares  debajo de mi casa en Maracay. Una enorme rockola tronaba día y noche.  Me acostumbré a los ritmos caribeños, las canciones mejicanas, las cumbias, los boleros pegajosos  y los vibrantes joropos. Aprendí a conocer y amar la música popular. De día entrabamos los niños a curiosear. Podíamos estar en la mitad de afuera del bar. Una cortina de cuentas de todos colores ensartadas en nylon separa discretamente este ambiente público, de otro más reservado al fondo, en donde estaban las mesas y las rockolas. Allí, a partir de las ocho de la noche, se daban cita los clientes habituales  los cuales eran atendidos por las mesoneras. Nos gustaba sentarnos en los bancos giratorios de la barra de afuera  y dar vueltas y vueltas. Tomábamos una coca cola.  El portugués nos echaba de allí, cuando ya no consumíamos otra cosa.
 Luego los bares empezaron a decaer. Los prohibieron. La excusa: Eran lugares oprobiosos que atentaban contra la moral y las buenas costumbres. Fue una trampa de las compañías de cerveza para aumentar sus ganancias. Entonces las personas empezaron a comprar licores para tomar en las casas. Y en cada  casa había un bar. Y se vendía más alcohol.
En cuanto a las Juke Box que vinieron del norte a fines de los años 40 y al llegar al trópico se convirtieron en rokcolas, causaron furor y   se expandieron como el fuego por todo el país. La música también cambió y se hizo más fogosa y más sonora. Aquellos discos de acetato de 45 revoluciones por minuto traían  grabadas un par de canciones. Cubiertos por una cúpula ovoide de plástico, brillaban con las luces de todos colores que brotaban del interior y  giraban como platillos voladores. Había variedad en esta rockola de Ospino. Para todos los gustos y todas las épocas. Comenzando la voz sensual y rockolera de la maracucha Lila Morillo. Los pasajes de Juan Vicente Torrealba y algunos joropos del Carrao de Palmarito para complacer a los llaneros. Música bailable del caribe tampoco faltaba: las guarachas de la  Sonora Matancera y la música gallega de  La Billo´s Caracas Boys y Los Melódicos. También había para escoger entre los más sonados    boleros de Julio Jaramillo y las rancheras de Javier Solís. El resto eran  tangos y baladas cursis ya pasadas de moda.



Un camionero  solitario  con un vaso de cerveza en  la mano se acercó y le puso un medio en la ranura de las monedas. Presiono  el botón B4 para escuchar una ruidosa canción ranchera.
Me acerque a un portugués joven que en mangas de camisa, limpiaba las mesas con movimientos enérgicos circulares. ¿Quién es ese tipo le pregunté?
Sin hacerse rogar mucho, el portugués me narro la historia completa casi sin detenerse. Supongo que ya la había relatado cien veces a otros viajeros curiosos como yo, con las mismas palabras y señas, añadiendo refranes llaneros para darle más picante.

Balada del Portugués.

 Me contó que se trataba de  Jacinto Montenegro. El ultimo vástago de una familia de ricos hacendados de Cojedes. El viejo estaba podrido de plata. Recibió una herencia envidiable al morir su padre. Tres fincas de ganado con vaqueras de leche, romana, camiones  y casas de habitación. El joven sin educación se fue a la capital a disfrutar de su dinero. Se entregó a los placeres y al ocio. No le faltaban mujeres ni amigos. Jugaba mucho. Tomó por esposa a una bella mujer salida de la nada.  La mujer lo engañaba con otro. Le montaron más cachos que un venao. Los celos lo consumían. Un día desapareció  ella de la faz de la tierra. El tipo estuvo preso un año y luego lo soltaron. Quedó más limpio que talón de la bandera. Volvió al trabajo y se recuperó.  En una tarde de gallos en Barinas perdió todo. Apenas logró salvar  un pequeño camión. Ahora no tiene donde caerse muerto, anda de vagabundo por los caminos del llano.
-Con las mujeres hay que tener muito cuidado- me dijo. El caballo y la mujer hay que buscarlos de buena raza.

Agradecí al joven los buenos consejos. Me levante de la silla y  salí  a mirar la carretera. El tráfico de camiones aumentaba. El silbido agudo de una trompeta de aire agonizaba en la distancia.


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