viernes, 18 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer VI.

VI. Una pelea.


Nunca faltaban las peleas en los bares de carretera. Peleas a puño, sin ningún tipo de armas. Sin más preámbulos, paso a narrar una que se suscitó en aquel viaje, cuando paramos en Ospino.
Escuche un tintineo muy familiar de botellas y vasos de vidrio. Provenían  de una mesa donde algunos  hombres divitiéndose   jugaban dominó. La partida estaba en su fase final. Cruzaban miradas elocuentes entre las parejas, llenas de angustia reprimida. Apostaban la ronda de cervezas. El doble seis había quedado por fuera.
-Trancaron la cochina- dijo uno con aire triunfal.
-jajaja – Se rio el de al lado con cierto desdén, hacia los adversarios.
Tiraban las piedras con fuerza sobre la tapa de la mesa,  soltando una risotada después de cada jugada. Los tipos tenían ganas de armar bochinche. El ruido que se elevaba hasta el techo, retumbaba en medio del caos.
Dos de ellos, con cara de amanecidos, habían llegado en un carro que estaba estacionado enfrente. Un Chrysler New Yorker del 69, ocho cilindros, color rosado guayaba con techo de vinil color blanco ostra. Era del tamaño de un barco. Adentro, un par de mujeres dormían en el asiento trasero. Los otros tipos vinieron en un Ford LTD de color negro, con placa  de la Gobernación de Portuguesa. Tenían pinta de guardaespaldas.
Se escucho el ruido de una bocina y el más joven se levantó abruptamente, volteo sus piedras de dominó para evitar alguna trampa y salió corriendo hacia el carro.
Una mujer dentro del carro sacó la cabeza por la ventana, mientras pedía a gritos.
-Mi amor, trame un cuartico de leche y una arepa de carne esmechada.-
El aludido dio media vuelta y volvió a la fuente de soda dando tumbos.
Un par de señoras sentadas en la mesa de al lado comentabas cerca de nosotros
-Que  pésimos lugares de descanso en la carretera. Esto es un bar de mala muerte. Por Dios miren ese borracho que casi se cae….
- Si- respondió la otra- y lo peor es  la falta de vigilancia que nos deja indefensos ante los abusos.
Camiones de ganado pasaban a toda velocidad por la negra carretera, batiendo el aire caliente levantando  detrás de ellos una densa polvareda de humo negro. El calor del llano húmedo y pegajoso se hacía insoportable. El cielo relampagueaba alumbrando el chaparral detrás de un gran charco de agua con destellos plateados. Mezclado entre los vapores de aceite se levantaba el olor a tierra húmeda. 
Las mujeres seguían en su cháchara con más decisión, al sentirse apoyadas por algunos curiosos.
Densos nubarrones que se formaban hacia el occidente en las estribaciones de las montañas amenazaban con tormenta. Un perro realengo flaco y sarnoso se abalanzó sobre los restos de carne en un plato de cartón. Huyo velozmente, cuando una manada hambrienta empezó a ladrarle.  Entonces uno negro y de gran tamaño, que nadie sabe de dónde salió, con gruñidos iba  regañando a todos y  mostrando una blanca hilera de afilados  dientes. El rumor  de la gente hablando, las cornetas de los autobuses que entraban y salían era algo ensordecedor. Cayó un rayo que cortó la oscuridad como un cuchillo

De repente, un pasajero secándose el sudor del cuello con un pañuelo blanco, algo enfadado le reclamó  algo a uno de estos camioneros con aspereza.
El que así hablaba era un tipo, de unos treinta años, de piel tostada por el sol y contextura bastante fuerte. Un tipo oriental de esos de  carácter impulsivo, que a veces amanecen con el indio atravesado.
Jacinto  que estaba algo ebrio, le respondió con una frase obscena. Se rio con sorna mostrando los dientes y dio un empujón.
El pasajero  mantenía los puños apretados y se le hinchaban las venas del cuello.
Los hombres estaban frente a frente y cruzaron miradas de odio. Un amigo se le acercó al joven y lo retuvo por el brazo, mientras le hablaba cabizbajo.
-No te metas en problemas Silva, deja ese carajo quieto. Estos tipos  son cuchilleros.
Jacinto se le  infló la cara  como un balón,   las mejillas se le inyectaron de  sangre  y respondió.
-Yo no acepto ofensas de cualquier pendejo, amigo.- Si quiere váyase a otra parte y coma donde le dé  su gana.
En un parpadeo de ojos, Silva  se le abalanzó encima como un rayo, lo derribo al piso, se le fue encima. Cayeron los dos gladiadores al suelo y rodaron un buen rato,  bien agarrados como una pelota que daba rugidos, patadas y mordiscos. Uno se levantó y fue a buscar una botella,  pero fue contenido por una multitud.
-Cómo dijiste? Cómo dijiste? Preguntaba entre dientes.



 El hombre se levantó del piso limpiándose el polvo de su camisa con la palma de la mano. Como era de esperarse, reaccionó de manera aguerrida, y con movimientos torpes se puso en guardia adoptando una posición de boxeo harto ridícula. Arremangándose la camisa y exhibiendo  los puños hacia arriba  caminaba de medio lado, alrededor de un círculo. Con los músculos de las piernas tensos retaba a su contendor y de vez en cuando se  agachaba un poco como esquivando unos golpes imaginarios.
Mientras tanto Silva con el cuello erguido y se quedó de pie y le lanzó una mirada escrutadora llena de  desprecio.  Luego se volteó y se retiró lentamente dándole la espalda, demostrando con esto la falta de temor hacia  su adversario.
El amigo le dijo al otro
-Coño Silva, se te salió la clase de cumanés. Ganaste la pelea.  Lo derribaste de un solo knockout.
 El y su amigo  subieron al autobús con aire de triunfo. La gente comenzó a arremolinarse cerca de la puerta.
Un grupo de damas que estaban alejadas no presenciaron la pelea. Entre ellas estaba la catira de Valencia quien se acercó algo exaltada a preguntar qué había sucedido.

-Nada, chica, te perdiste de ver la lucha libre.- le contestó lacónicamente otra joven.

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