domingo, 25 de octubre de 2026

Una noche en la Hechicera.

 En una ciudad de los andes  existen unas ruinas de lo que fue en tiempos pasados una Facultad de Ciencias. El lugar donde se encuentran esta edificaciones es un pequeño valle rodeado de altas montañas, al norte de la ciudad.

Yo iba solo, conduciendo  mi carro por una carretera bastante empinada, dejando atrás a la pequeña ciudad, pues había que sobrepasar los 1800 metros de elevación. El motivo de mi viaje era conocer de  cerca  las ruinas y volver a ver cosas de mi pasado. Me encanta el juego retornar al pasado y analizar las personas y los hechos  que han marcado mi destino. Si, Soy un profesor jubilado que vivo de muchos recuerdos y cultivo el pequeño arte de evocar con nostalgia una bella época de abundancia y bienestar.



Continuo el ascenso y detengo mi carro para abrigarme, pues el aire del mes de octubre es algo frio. Ya no se ven carros ni personas a pie por el lugar solitario y aislado. Comienza  a caer una neblina fina que todo lo envuelve y dificulta la visibilidad. Caigo en algunos huecos y el tren delantero del vehículo cruje con ese sonido metálico que se produce al chocar hierro contra hierro. El motor  se resiente y emite vapores de gasolina y aceite quemado. Colgado de un poste, un aviso de latón algo oxidado e inclinado a un lado, decía Bienvenido a la Hechicera.

Ya me aproximo  a mi destino.Si uno se sitúa a media distancia se observan unas masas de concreto grises que se destacan entre el verde de los alrededores, lo cual luce algo atractivo. Pero, a medida que nos vamos acercando las cosas cambian de manera sorpresiva, y esto, por supuesto, perturba mi estado de animo. Los bellos edificios  muestran unos  colores deslucidos, tristes  y apagados. Las paredes están bastante agrietadas. Las ventanas de vidrio muestran las cicatrices de los vándalos que han lanzado piedras contra ellas. Los alrededores son bastante descuidados con  la hierba alta que ha invadido la calzada y las camineras de concreto, uno arboles marchitos, que ya no son verdes entre la maleza alta. En donde antes habían unos jardines de flores muy coloridos, ahora todo son rocas desnudas y unos escombros que proyectan sombras profundas.

Estaciono el vehículo enfrente de la entrada principal, al lado de un pequeño  autobús viejo y deteriorado al cual le han sido robado los cauchos , el cual se sostiene apenas sobre cuatro ladrillos.

 

Me bajo y cruzo el umbral enmarcado por una reja con pintura descascarada. Un portero con cara de sueño y cansancio me abre la puerta y me invita a pasar. Me identifico y anota mi numero de cédula en una carpeta de hojas amarillentas. Adentro hay poca luz y casi no veo por el polvo flotando bajo un rayo de sol mortecino. El silencio en este  lugar tétrico es algo  denso  e  interrumpido por ruidos perturbadores.

Empiezo a caminar por el patio central y hago un recorrido por aquellos salones, cubículos y laboratorios donde antes se trabajaba. Después de atravesar un laberinto de pasillos, logro encontrar mi antiguo cubículo y no pude entrar. Era una sala destartalada y sucia. Además me asustó mucho por  los ruidos como  crujido de una madera vieja, el goteo constante de una tubería. Los olores revelan el paso del tiempo y la falta de vida.

Eran las seis de la tarde y ya empezaba la noche.

 

De repente se fue la luz, como pasa cada cuatro horas en la ciudad desde hace unos diez años. ...  y todo quedó en tinieblas. Quería salir corriendo de allí. Entré en pánico. Había   un silencio tan profundo que me permitió  escuchar los propios latidos del corazón.

DE repente se oyó el ruido de una puerta al cerrarse. El portero se marchó y me dejó solo. Quedé encerrado en aquel lugar. Un frío repentino que cala los huesos y las corrientes de aire helado que entran por ventanas rotas, me helaron la sangre.

Debía pasar la noche en la Hechicera. Me acosté en una banca para tratar de dormir y no pensar en nada. Sin embargo me levanté como a las doce de la noche y pude darme cuenta que no estaba solo. Escuche una serie de ruidos lejanos que provenían del pasillo donde se reunía el consejo de la facultad. Eran voces y no de una persona si no de varias. Algunas me eran familiares.

Me acerque lo suficiente para ver las siluetas de los participantes a la luz de una lampara, que proyectaba sus sombras en las paredes. No pude ver los cuerpos de donde venían aquellas sombras. Ahora pienso que eran  fantasmas de personas fallecidas que dejaron muchos asuntos pendientes y regresaban a terminar de hacer las cosas. .. Eran voces que discutían de manera acalorada sobre los asuntos más diversos. Personas que se acusaban y amenazaban entre ellos. Rencillas por los fondos del presupuesto, los viajes, ... Y muchos ataques personales.

Así estuvo mi noche de terror en aquel lugar, hasta que fueron las seis de la mañana y un rayo de luz ilumino la cara de otro portero, que después de atravesar la pesada reja me dijo.

Levántese profesor que ya es de día.

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