viernes, 8 de diciembre de 2017

Receta de las hallacas.


La hallaca es el plato típico de Venezuela. También se conoce  en Colombia y Centroamérica, pero con una preparación algo distinta y se le da el nombre de tamales. Ella es la reina de la mesa,  cuya preparación  se  considera como un ritual de la familia  en la época de Navidad. Hay varios tipos de hallacas dependiendo de la región del país. Así pues, tenemos hallacas caraqueñas algo sofisticadas, las orientales con guiso de pescado, las andinas con garbanzos y guiso crudo, las centrales adornadas con huevo y tomate,…etc. Aquí damos la receta, bastante simplificada,  para las hallacas.
La hallaca se sirve caliente, en la misma hoja de plátano donde se cocina y se acompaña con pan de bolita o pan de banquete.
Es un plato de difícil elaboración en donde intervienen muchos ingredientes que aportan sus ricos y exóticos sabores. Hay que prepararse muy bien antes de iniciar su preparación  y deben intervenir los miembros de la familia para colaborar, debido a la cantidad de pasos que hay que seguir para poder lograrlo con éxito.

Francisco Rivero. Hallacas. 2017.

La receta que doy es de mi familia.
I. Ingredientes.
Una gallina de unos 3 a 4 kilos.
UN trozo de carne cerdo (Pulpa) de 2 kilos.
3 kilos de harina de Maíz precocida de color amarillo (Harina Pan)
Un kilo de cebollas.
Un kilo de ajoporros.
Un kilo de cebollín.
Diez dientes de ajo.
200 gramos de pasas.
Medio kilo de pimentón,
Medio kilo de aceitunas (Un frasco pequeño).
100 gramos de alcaparras.
Seis limones.
Cilantro.
Sal.
Un litro de aceite.
Condimento en polvo.
Salsa inglesa.
Vino tinto de cocinar.
50 gramos de azúcar morena.
Seis kilos de hojas de plátano para envolver.
Un rollo de pita o pabilo.
II. Preparación del guiso.
Limpiar bien la gallina entera con agua y jugo de limón. Frotar la piel con el limón. Colocar la gallina entera en una olla grande con suficiente agua y cocinar durante una hora hasta que ablande. Después de retirarla del fuego dejarla enfriar y sacarla se debe despresar. Cortar la carne en trozos pequeños. El caldo se reserva para preparar la masa.
Limpiar bien la carne de cerdo con limón, cortar en pequeños trozos y cocinar en agua aparte por media hora.
Estas carnes se condimentan aparte y se dejan macerando en vino, salsa inglesa y condimentos, durante unas horas.
Cortar muy bien el cebollín, el  ajo porrro, la cebolla y los ajos. Colocar todo en una olla grande y sofreír todo eso en aceite, hasta que se marchite. Agregar la carne de gallina y el cerdo. Agregar el vino y el azúcar morena. Incorporar salsa inglesa, adobo, sal,  y parte del caldo de la gallina. Se cocina muy bien durante unas dos horas o hasta que alcance una textura espesa.
Este guiso se deja reposar bastante tapado con un paño de algodón  o se guarda en la nevera para continuar la preparación n al siguiente día.
III. Preparación de la masa.
En dos litros del consomé de la gallina,  se disuelve el contenido de los tres paquetes de harina precocida, mezclándola lentamente.   Se le agregan dos cucharaditas de sal. Agregue más caldo y rectifique la sal si es necesario. Se amasa hasta que tenga una contextura bastante floja y suave.
IV. Envoltura de las hallacas.
Los pimentones rojos y se hornean unos diez minutos, para retirarles la piel y luego se cortan en tiras. Las hojas de plátano para hacer las hallacas, deben cortarse de la planta, y luego ahumarlas un poco para quitarles el gusto amargo de la savia.
Se lavan bien las hojas de plátano y se cortan en cuadrados de unos 30 centímetros de lado. Con un pañito de cocina se engrasan con un poco de aceite.
Haga una pequeña bola de masa de maíz y colóquela sobre la hoja de plátano. Aplánelas hasta alcanzar un centímetro de grosor, formando una pequeña torta circular de unos  20 centímetros de diámetro. Coloque sobre ella tres cucharadas grandes de guiso y encima, tres pasas, dos aceitunas y una tirita de pimentón. Doble la hoja como un sobre de carta. Coloque este sobre encima de otra hoja, para reforzar la hallaca. Proceda a amarrarla con un cordel de unos dos metros de pabilo. Después de amarrada, la hallaca se cocina en una olla con agua hirviendo durante una hora. Dejar enfriar y servir.


viernes, 24 de noviembre de 2017

El Caluroso pueblo de San Buenaventura de Ejido.



Ejido, el pueblo más cercano a Mérida, posee un clima muy especial marcado, por temperaturas cálidas especialmente en las horas de la tarde cuando el sol recalienta sus calles. El pueblo es de genio alegre y bullicioso- de casas multicolores y fachadas de todos los estilos y tamaños, abarrotadas de tiendas y pequeños talleres  reparación.  Ejido es un barrio de Mérida, el más grande todos, con una población que supera los cien mil habitantes. Mucha gente hace  vida componiendo lo que se daña. Se arreglan planchas, se estiran zapatos, se reparan calentadores, se compra oro, se hacen camisas, se alquilan lavadoras chaca-chaca,  se venden hallacas por encargo, se dan clases de Matemáticas, se reparan colchones, se hacen contratos, se limpian  inyectores de Chevrolet, se muele maíz, se hacen canales, se hecha la buena suerte,…etc. Rótulos y más rótulos guindan de los portales. La gente se rebusca por todos lados.


Francisco Rivero. Ejido. 2017



El paisaje de ejido es del color del realismo mágico: en nítidos perfiles de rojo y amarillo se van dibujando  casas y edificios que se amontonan  formando pequeños barrios arrinconados entre el Chama y la montaña. Algunas casa viejas de noble aspecto con altos ventanales de balaustre rematados en cornisas de tejas, se trasforman en carnicerías, farmacias  y abastos, de manera irreverente con el pasado, mediante un hueco rectangular entre sus blancos muros de tapia. Un hueco    rematado con  una tosca puerta de herrería. La ciudad crece de manera descontrolada  prolongándose  hasta los cerros desforestados  del Moral,  los cujíes amarillentos de Los Guáimaros, el cerro de Pan de Azúcar, los cañamelares de El Salado y sigue hacia La Mesa por una carretera que serpentea lomos de cerros.  En la periferia, Calles de asfalto negro  se entretejen  entre los rojos  bucares y los ceibos  formando intrincados laberintos por donde nos perdemos los que somos de afuera. La mirada se pierde entre tantas líneas y colores.
Este cuadro que pinte hace unos días es una síntesis de todo esto. Parece una cobija de la abuela hecha de parches de tela. O como dirían los norteamericanos un “Country Quilt”. Es un cuadro muy  energético y   a la vez sofocante, en el mejor “estilo tortilla” que he estado usando últimamente.  Esta hecho en acrílico sobre un lienzo de 50x60 cm.

domingo, 20 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer, Final.

X. Apartaderos. Capítulo final.

 You can´t repeat the past.

The Great Gatsby
F. Scott Fitzgerald.

Si hubiese podido repetir el pasado, me habría bajado del autobús en Barinitas y haberme quedado a vivir  en esa ciudad el resto de mi vida. Estaría más cerca de mis orígenes en la capital de la República.


Estábamos en   la parte más alta del camino a 3500 metros de altitud. Un lugar llamado Apartaderos.  El autobús se detuvo e hizo   una parada. Note ciertos cambios en la gente pues el frio y la altura nos enrojecían la cara. Expulsaba  uno  el humo por la boca al hablar. Yo titiritaba de frio.
El nombre de Apartaderos, viene del sistema montañoso, que se parte o  divide en dos ramales en ese punto. También se le llama el Nudo de Apartaderos. Un ramal sigue hacia Valera en el estado Trujillo, alcanzando alturas bastante considerables como en el Pico del Águila y el otro ramal es la Sierra de Santodomingo que desciende un poco hacia Boconó en el mismo estado en la fachada andina de los Llanos barineses.
Casi todos los viajeros llevaban gorros y guantes de lana. Algunos se envolvían en  gruesas chaquetas, otros se cubrían con ruanas y los menos pudientes con humildes cobijas.
-Hay, que bonito todo- exclamaba una niña mirando la extraña vegetación y las pequeñas casitas blancas como de pesebre diseminadas entre los cerros.


Entramos a un cafetín  a través de una pequeña puerta. El interior era agradable por la buena calefacción. Era un sitio turístico donde vendían chocolate casero bastante aceptable, Toddy caliente y arepas de trigo. El lugar era distinto de todo lo que habíamos visto antes. Las paredes enchapadas en madera y en el centro, ordenadas en hileras, algunas mesitas de madera cubiertas de manteles de cuadros rojos y blancos le conferían  un toque algo exótico,  muy chic de café europeo.


Que me pasa, me pregunte ¿Será que estoy soñando que me encuentro en otro país?
Le hice el comentario a la joven Eunice y se reía.
 Las tres amigas se sacaron una foto con aquel decorado de chimeneas,  jamones y salchichones que colgaban apetitosamente sobre una barra,
Unos Turistas franceses, parados enfrente de las vidrieras observaban con curiosidad las postales con las lagunas al pie del pico Espejo cubierto de nieve, los frailejones en flor y el moderno teleférico.
El trato hacia los clientes era amable, aunque los mesoneros eran muchachos parameros de la zona, de poco entendimiento y bastante lentos en su trajinar.
No conocía las arepas de trigo. Probé una rellena de queso ahumado y no me pareció mala  aunque no le sentí ningún sabor especial.

Dentro de aquel refugio compartí la  mesa con Adriana y sus dos amigas. Las tres  empezaron a  hablar de asuntos muy serios y académicos como estudios, pasantías y exámenes, mientras tanto yo las miraba de reojo con cara de asombro. 

Viaje al Atardecer. IX

IX. Barinitas.


El viaje continuo por el piedemonte andino. La carretera ahora comenzaba a ascender suavemente. Comenzaba a amanecer. Era un paisaje más ameno y variado. Era una vía  bastante ancha y moderna de dos canales y con una isla central. Pasábamos  entre  mesetas en cuyas explanadas se destacaban  los negros penachos de las palmeras. Las lomas  de los cerros en redondeadas formas e mujer, se vestían de un lustroso y verde follaje. La piel de la montaña se estremecía con  un aire de frescura y sensualidad que excitaba los sentidos. El olor a yerba húmeda recién cortada, a cilantro y a yaraguá penetró por la ventana como  una marea de suaves oleajes.



Al final de una cuesta estaba una avenida bordeada de matas de cayena. Es el pueblo de Barinitas de una sola calle amplia, bien iluminada y solitaria. Varios kioscos con ventas de frutas se alineaban en esta avenida. Sus dueños estaban comenzando a abrir y ya colgaban de las paredes las mayas de lechosa, naranjas, parchitas, cambures, zapotes, mandarinas y otros frutos.
Barinitas la antigua capital del estado, Está situada en un lugar perfecto con un clima ideal. A un lado del rio Santodomingo, que la bordea, bañando las faldas de la Meseta de Mororoy, donde se asienta. Fue capital durante más de un siglo, hasta que sus pobladores se aventuraron a bajar a los llanos, atraídos por la riqueza las tierras fértiles y fundaron la nueva Barinas.  Así vimos en aquella madrugada inolvidable a Barinitas, tierra de hermosos paisajes al pie de los Andes.
Subieron tres personas más que estaban paradas esperando en la bomba de gasolina. Eran andinos arrebujados en sus ruanas. Una familia que iba para Pueblo Llano. El hombre nos pasó por el lado cargando un saco blanco algo  pesado donde llevaban el avío.  A él y a su familia les fue asignado por el chofer   el último asiento, muy cerca del motor.
-           Huy.. nos mandaron para la cocina- Exclamó el hombre con ironía y cuando abrió la boca  no pudo ocultar el olor a miche.
-           Pongamos al mocoso pa este lao encima de los chécheres- dijo la señora.

Aquel aire puro de montaña era reconfortante.  Fui   al baño.  Al salir me tomé un café  y compre un  chocolate Savoy para el camino.
Aquí se terminó la travesía plana. Ahora en bus enfilaba en dirección noroeste buscando las montañas andinas.


Barinitas es un barrio de Mérida, situado al borde  de la meseta, que se formó a mediados del siglo XX, con los llaneros que fueron llegando para trabajar en el Teleférico. En aquel pintoresco rinconcito llanero también había música en vivo con arpa cuatro y maraca los domingos. La cerveza era la más barata de la ciudad y se vendía a un real  con una locha.

sábado, 19 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer VIII.

VIII. Bienvenidos a Barinas


Nunca cuentes a nadie tus buenos recuerdos, porque entonces podrás perderlos.E. Hemingway.

El Estado Barinas era mucho más grande después de la Independencia de Venezuela. Barinas era la antigua Provincia de Barinas de la época colonial. Su mapa, mejor formado entonces, Era un enorme triángulo cuya base era toda la margen izquierda del Apure, por el sur, la cordillera central por el norte y un vértice agudo que encajaba en los andes trujillanos por los lados de Boconó. Con las Guerras Federales, los caprichos de los dictadores y los Congresos Constituyentes empezó a cambiar el mapa, pues le arrancaron unos territorios en la parte oriental. En 1851 estos territorios se separaron y crearon los estados Cojedes y Portuguesa. Recuerdo que para nosotros en quinto grado de primaria el mapa de Barinas era un dolor de cabeza. Sin duda alguna, el más  difícil de dibujar.
Avanzábamos por la carretera de los Llanos hacia  Los Andes. Gandolas largas y anchas avanzaban también llevando caña de azúcar para los centrales. Otras llevaban algodón en grandes bultos. El maíz  y otros granos pasaban en grandes containers cerrados. Camiones de ganado. Todo se movía por la carretera un ritmo incesante. El país producía. En aquella noche vi también una caravana de 50 carros nuevos que venían de una planta ensambladora de Valencia.



Converse  durante un rato con mi vecino. Al comienzo hablamos  sobre las cosas más normales e intrascendentes que se cuentan los viajeros: de dónde vienes, que haces, cómo te llamas.  Luego la conversación tomo un giro más serio al hablar sobre  los riesgos en el camino. Era un ingeniero civil que  trabajaba en Caracas. Volvía  a los Andes a visitar a sus familiares. El hombre parecía serio y preocupado por el destino del país. Sin embargo era un futurista decidido, y con una visión optimista que yo compartía, pensaba que estábamos viviendo la mejor de todas las épocas. Por tal motivo lanzó una frase bien pensada en grandes letras mayúsculas pronunciando cada palabra con cuidado.
-          Es- dijo-   El comienzo de una nueva etapa de paz y progreso para la humanidad.
Después de aquella frase rimbombante que nos aplastó a todos, guardamos un largo silencio de aprobación. El hombre hecho la cabeza hacia atrás, sacó el pecho se tocó el cuello de la camisa con ambas manos y sonrió muy satisfecho.
-Además somos un país de gente joven. Somos en total 10 millones de habitantes y seis millones por debajo de los 19 años- agregué yo.
-Exacto-
Pasamos por Boconoito y luego un gran puente de hierro construido sólidamente en los años 40. Cruzamos  el río Boconó y entramos en el Estado Barinas.
En  Puente Páez había una alcabala militar y un camino de tierra que desprendiéndose de la vía principal se internaba en la oscuridad. Hombres con rostro color de tierra en uniformes verde oliva. Botas negras y negros fusiles nos miraban. En letras blancas pequeñas un rotulo que decía Sabaneta…
Mientras tanto el autobús avanza hacia el oeste silbando por la carretera. Un niño comenzó a llorar. Su llanto lastimero duró unos minutos. Sus gemidos se fueron apagando poco a poco.
-¿Que tiene?- Le pregunte a la madre.
- No sé- Me contestó.



Viaje al Atardecer VII

VII. Aquellos choferes.


Los dos choferes sentados en la cabina conversaban. Revisaban también las luces de emergencia, el marcador de temperatura y el nivel del aceite y la gasolina. Colgados del espejo
los primeros zapaticos del niño con que aprendió a caminar, se balanceaban con la vibración.  La figurita de José Gregorio Hernández, la manito negra de azabache y otros amuletos contra el maldeojo adornaban también el tablero.
Después de una hora de parada en Ospino. Una espera prolongada que nos pareciera un siglo, estábamos a punto de partir de nuevo.
Digo esto, porque a través  una puertecita cubierta por una cortina roja, salieron los dos choferes del Restaurante. Venían  sobándose la panza, con expresión  risueña y   de satisfacción. Vestían el uniforme de la Línea Expresos Alianza,  de pantalón azul marino de casimir, camisa blanca mangas largas y corbata negra. Por los  rasgos andinos y el acento tan pesado al hablar, notaba uno que casi todos ellos provenían del Táchira.




-          Ala, Estaban buenos esos espaguetis- Decía uno.
-          Se nota que cambiaron de cocinera-
Hacían comentarios triviales sobre la comida, que generalmente era proporcionada sin costo alguno por el dueño del restaurante, en agradecimiento. Era una práctica común entre los choferes  establecer acuerdos con el dueño de un restaurant para aumentar sus ganancias llevándoles a  los viajeros. A cambio, se les daba la comida y la bebida gratis. Este ahorro en sus gastos además incluía una caja de cigarrillos  como una cortesía de la casa.

Los choferes mantuvieron una corta reunión con otros colegas hablando de las peripecias del camino, el estado de las unidades  y las ganancias en el trabajo. Algunos aprendieron a manejar en la línea de Aerobuses, la más moderna del país que operaba durante la dictadura de Pérez Jiménez.
-Ala, Obduluio las paso negras con el 320. Se le accidentó cerca de Pedraza en la vía a San Cristóbal. Pasó toda la noche tratando de reparar el cardan. No consiguieron a la cruceta sino cuatro horas más tarde en la madrugada.
-La compañía no le da el mantenimiento a estos buses. Le sacan el jugo hasta que revienten. Luego, cuando son unas chatarras y no le pueden sacar más dinero, las venden para el transporte de los pequeños pueblos.
- Parece que a los dueños no les importa la seguridad de los pasajeros.
-Es una lástima. Son Mercedes Benz de muy buena calidad. Pueden durar muchos años. Ahora están trayendo unos buses de Brasil, pero de baja calidad. Se dañan mucho.
Los dos choferes sentados ya en la cabina conversaban sobre sus familias. El más joven apostaba  a los caballos en el juego del 5 y 6. Le mostró la Gaceta Hípica a su amigo, con unos datos que le habían pasado desde el Hipódromo.  Hoy era domingo y ayer en la tarde había sellado un cuadro, como todas las semanas. Quería ganar un premio para terminar de construir su casa en Palmira.
Tocaron la corneta bastante fuerte y luego gritaban a todo gañote
- Pasajeros abordar la unidad!



viernes, 18 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer VI.

VI. Una pelea.


Nunca faltaban las peleas en los bares de carretera. Peleas a puño, sin ningún tipo de armas. Sin más preámbulos, paso a narrar una que se suscitó en aquel viaje, cuando paramos en Ospino.
Escuche un tintineo muy familiar de botellas y vasos de vidrio. Provenían  de una mesa donde algunos  hombres divitiéndose   jugaban dominó. La partida estaba en su fase final. Cruzaban miradas elocuentes entre las parejas, llenas de angustia reprimida. Apostaban la ronda de cervezas. El doble seis había quedado por fuera.
-Trancaron la cochina- dijo uno con aire triunfal.
-jajaja – Se rio el de al lado con cierto desdén, hacia los adversarios.
Tiraban las piedras con fuerza sobre la tapa de la mesa,  soltando una risotada después de cada jugada. Los tipos tenían ganas de armar bochinche. El ruido que se elevaba hasta el techo, retumbaba en medio del caos.
Dos de ellos, con cara de amanecidos, habían llegado en un carro que estaba estacionado enfrente. Un Chrysler New Yorker del 69, ocho cilindros, color rosado guayaba con techo de vinil color blanco ostra. Era del tamaño de un barco. Adentro, un par de mujeres dormían en el asiento trasero. Los otros tipos vinieron en un Ford LTD de color negro, con placa  de la Gobernación de Portuguesa. Tenían pinta de guardaespaldas.
Se escucho el ruido de una bocina y el más joven se levantó abruptamente, volteo sus piedras de dominó para evitar alguna trampa y salió corriendo hacia el carro.
Una mujer dentro del carro sacó la cabeza por la ventana, mientras pedía a gritos.
-Mi amor, trame un cuartico de leche y una arepa de carne esmechada.-
El aludido dio media vuelta y volvió a la fuente de soda dando tumbos.
Un par de señoras sentadas en la mesa de al lado comentabas cerca de nosotros
-Que  pésimos lugares de descanso en la carretera. Esto es un bar de mala muerte. Por Dios miren ese borracho que casi se cae….
- Si- respondió la otra- y lo peor es  la falta de vigilancia que nos deja indefensos ante los abusos.
Camiones de ganado pasaban a toda velocidad por la negra carretera, batiendo el aire caliente levantando  detrás de ellos una densa polvareda de humo negro. El calor del llano húmedo y pegajoso se hacía insoportable. El cielo relampagueaba alumbrando el chaparral detrás de un gran charco de agua con destellos plateados. Mezclado entre los vapores de aceite se levantaba el olor a tierra húmeda. 
Las mujeres seguían en su cháchara con más decisión, al sentirse apoyadas por algunos curiosos.
Densos nubarrones que se formaban hacia el occidente en las estribaciones de las montañas amenazaban con tormenta. Un perro realengo flaco y sarnoso se abalanzó sobre los restos de carne en un plato de cartón. Huyo velozmente, cuando una manada hambrienta empezó a ladrarle.  Entonces uno negro y de gran tamaño, que nadie sabe de dónde salió, con gruñidos iba  regañando a todos y  mostrando una blanca hilera de afilados  dientes. El rumor  de la gente hablando, las cornetas de los autobuses que entraban y salían era algo ensordecedor. Cayó un rayo que cortó la oscuridad como un cuchillo

De repente, un pasajero secándose el sudor del cuello con un pañuelo blanco, algo enfadado le reclamó  algo a uno de estos camioneros con aspereza.
El que así hablaba era un tipo, de unos treinta años, de piel tostada por el sol y contextura bastante fuerte. Un tipo oriental de esos de  carácter impulsivo, que a veces amanecen con el indio atravesado.
Jacinto  que estaba algo ebrio, le respondió con una frase obscena. Se rio con sorna mostrando los dientes y dio un empujón.
El pasajero  mantenía los puños apretados y se le hinchaban las venas del cuello.
Los hombres estaban frente a frente y cruzaron miradas de odio. Un amigo se le acercó al joven y lo retuvo por el brazo, mientras le hablaba cabizbajo.
-No te metas en problemas Silva, deja ese carajo quieto. Estos tipos  son cuchilleros.
Jacinto se le  infló la cara  como un balón,   las mejillas se le inyectaron de  sangre  y respondió.
-Yo no acepto ofensas de cualquier pendejo, amigo.- Si quiere váyase a otra parte y coma donde le dé  su gana.
En un parpadeo de ojos, Silva  se le abalanzó encima como un rayo, lo derribo al piso, se le fue encima. Cayeron los dos gladiadores al suelo y rodaron un buen rato,  bien agarrados como una pelota que daba rugidos, patadas y mordiscos. Uno se levantó y fue a buscar una botella,  pero fue contenido por una multitud.
-Cómo dijiste? Cómo dijiste? Preguntaba entre dientes.



 El hombre se levantó del piso limpiándose el polvo de su camisa con la palma de la mano. Como era de esperarse, reaccionó de manera aguerrida, y con movimientos torpes se puso en guardia adoptando una posición de boxeo harto ridícula. Arremangándose la camisa y exhibiendo  los puños hacia arriba  caminaba de medio lado, alrededor de un círculo. Con los músculos de las piernas tensos retaba a su contendor y de vez en cuando se  agachaba un poco como esquivando unos golpes imaginarios.
Mientras tanto Silva con el cuello erguido y se quedó de pie y le lanzó una mirada escrutadora llena de  desprecio.  Luego se volteó y se retiró lentamente dándole la espalda, demostrando con esto la falta de temor hacia  su adversario.
El amigo le dijo al otro
-Coño Silva, se te salió la clase de cumanés. Ganaste la pelea.  Lo derribaste de un solo knockout.
 El y su amigo  subieron al autobús con aire de triunfo. La gente comenzó a arremolinarse cerca de la puerta.
Un grupo de damas que estaban alejadas no presenciaron la pelea. Entre ellas estaba la catira de Valencia quien se acercó algo exaltada a preguntar qué había sucedido.

-Nada, chica, te perdiste de ver la lucha libre.- le contestó lacónicamente otra joven.