sábado, 22 de diciembre de 2018

Es Navidad....


Feliz Navidad


Despido el turbulento  y dramático año de 2018, cuando  los venezolanos atravesamos la mayor crisis económica de nuestra historia y la mayor tasa de emigración, con más de cuatro millones de compatriotas que han huido al exterior para poder satisfacer sus necesidades.

Francisco Rivero. La Grita. 2018.

En este hermoso paisaje de La   Grita, la ciudad del Espíritu Santo, del valiente Capitán Francisco de Cáceres,  que pinté hace poco, inspirado en otro cuadro del pintor Homero Parra, trabajé en estos días decembrinos para olvidar un poco la crisis.... Cuando se podía viajar por carretera y no había el problema de la inseguridad, la gasolina, la escasez de comida y otros,  uno iba desde Tovar hacia La Grita para visitar amigos y familiares de mi esposa. Era un paseo agradable de verdes montañas,  vistas panorámicas y pequeños  pueblos donde la vida del campo se mantenía intacta y el disfrute de su gastronomía era de rigor.

martes, 18 de diciembre de 2018

Moseñor Jáuregui. Ultima parte.


Pobre y apesarado se marchó a tierras extrañas donde gentes conscientes lo acogieron con los brazos abiertos. En México fue nombrado Rector del Seminario Principal y más tarde Provisor  y Vicario General de la Diócesis de Zacatecas y por ese tiempo tuvo la fortuna de que la Sociedad de Obispos mexicanos peregrinos a la Tierra Santa lo designara Predicador General.

Francisco Rivero. Iglesia de Mucuhíes. 1994.

De regreso del Asia Menor se estableció en París, fundando en dicha metrópoli una Congregación para atraer y convertir sacerdotes extraviados. Después pasó a Roma donde su Santidad León XIII lo hizo Protonotario Apostólico y también varias Corporaciones científicas lo tomaron como miembro.
Las treguas que su vivir agitado le concediera las hizo fecundas y útiles dedicándolas a la producción intelectual y como frutos de la cual quedan un Tratado de Geometría, el Manual del Seminarista, que adoptó como texto obligatorio el Arzobispado de Santo Domingo, la Biografía de Monseñor Zerpa, una variada producción diseminada en periódicos y revistas y también algunas monografías y estudios especiales que no llegó a publicar.
Donde verdaderamente resplandecía su talento era en el púlpito, llegando a ser considerado como el mejor orador sagrado del occidente de la República, no sólo por las dotes y particularidades necesarias, sino también por la calidad de la exposición que era patética, limpia, sutil al punto de que algunas de sus oraciones sagradas que llegaron a publicarse, obtuvieron juicios encomiásticos de hombres eminentes de Colombia.
Fue poeta y escribió inspirados y sentidos versos, de los cuales, unos, titulados "A mi Patria" que envió desde Jaffa, en la Palestina, para ser publicados en el periódico "Los Avisos" de San Cristóbal, son de un buen efecto sentimental, como una lamentación de su alma adolorida que se adueña del espíritu con esa congoja indefinible de las penas presentidas.

Francisco Rivero. Catedral de San Cristóbal. 1994..

Monseñor Jáuregui fue un hombre adelantado que en todo momento manifestó tener un claro concepto de Patria y una comprensión plena de la humana condición del yerro y de la necesidad de la tolerancia. Las vulgaridades y vanidades del mundo no empañaron jamás la limpidez de su espíritu, pues se manifestó respetuoso de la dignidad ajena en toda circunstancia y mantuvo su pensamiento y su sensibilidad libres de trabas y abier-tos a las grandes cuestiones de la vida, a la expresión de la angustia universal y a la contemplación artística de las cosas.
Se rindió a la muerte en el año de 1905 en la Ciudad Eterna. La noticia de su muerte fue un acontecimiento doloroso en los pueblos andinos los que hoy guardan su recuerdo como algo consustancial con su existencia. Sus cenizas recibieron tierra en la nave principal de la Iglesia de Mucuchíes, haciendo así más venerable ese lugar ya santificado por las disposiciones eclesiásticas. Un importante Distrito del Estado Táchira lleva su nombre; en el Asilo de Huérfanos de Caracas, entre los Benefactores de la Infancia, aparece su efigie y ahora, en la ciudad de La Grita, "la ciudad del muy ilustre Cabildo" que señaló el Monarca español Carlos III, en el perímetro de una plaza y a la vista de cuantos sean caminantes por esos lugares, reaparece transfigurado por la consagración suprema del bronce. Recordemos a Víctor Hugo: "las estatuas hablan mucho, no a los que pretendan escucharlas sino a los que quieran pensar". Y si cerca de esta estatua que se levanta en el corazón del Táchira, del que fue apoyo de la juventud y amparo del débil pasaran muchos y quisieran pensar, ¿qué oirían? Caracas: 24 de setiembre de 1914.
José Abel Montilla.
          Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Monseñor Jáuregui. Parte VIII


La figura de Monseñor Jáuregui compone el símbolo del idealista patrio, perdido o burlado en nuestras sociedades informes, alumbradas a medias por las ideas madres de la Humanidad y donde los apostolados nobles y los grandes anhelos perecen, la mayoría de las veces, en el desierto de una gran indiferencia, como los peregrinos del relato bíblico, y en ese caso, las medidas de reconocimiento y de recompensa que entraña la glorificación reciente, tienden a la conservación de principios de moralidad en el espíritu público, desarrollando el sentimiento del sacrificio, la abnegación, el desprendimiento al afirmar una noción de la solidaridad humana, la idea de una supervivencia substancial, llevada a efecto merced a un proceso de conciencia que viene a formar una gratitud colectiva.
Nos permitiremos señalar los méritos de este sacerdote eminente así como también los servicios que prestó a sus semejantes, en la convicción de que todas las vidas nobles y desinteresadas, por silenciosas que sean, desempeñan un papel de efectiva utilidad, contribuyendo en última línea a que ese concepto de la vida completamente personal, íntimo, que cada quien elabora en su interior, a lo largo de sus años y a golpe de pruebas y convencimientos, no sea duro en todas sus partes, porque esas individualidades abnegadas dispersas por el mundo suavizan los asaltos del infinito e incurable dolor humano y en otras ocasiones, cuan-do van confundidos con la desfilada turbulenta de los profesionales de la barbarie, del egoísmo y de la injuria, se les oye decir, parodiando a Jesús: nosotros no venimos a corromper las almas sino a perfeccionarlas .. .
Miembro de una familia honorable poseedora de los medios materiales para llevar una vida independiente y decorosa y de esa heredad del corazón que la forman las virtudes cristianas y las orientaciones hacia el bien, se rindió a una invencible vocación al seguir la carrera religiosa y llegó a graduarse de Doctor en Teología cuando apenas empezaba su juventud. Al poco tiempo de haberse ordenado, pasó a desempeñar los curatos de Milla y Mucuchíes, donde empezó a señalarse su temperamento de civilizador en tareas de diversa índole, pues estando allí fundó dos pueblos, construyó dos templos y doliéndose del apartamiento de esas regiones hizo abrir, a través de las montañas y sobre el Lago de Maracaibo, un famoso camino de diez y siete leguas de extensión.
Más tarde fue destinado para el Táchira, donde vivió muchos años dejando de su permanencia un recuerdo inquebrantable. Su obra está representada en esos pueblos por alientos a la cultura social, desarrollo del espíritu religioso, creación de centros de instrucción y de institutos de caridad y en testimonio de lo expuesto están templos, hospitales, orfelinatos, la Sociedad de las Siervas de la Sacra Familia, periódicos, colegios, señalándose entre éstos el afamado instituto del Sagrado Corazón de Jesús, que funcionó en La Grita durante tres lustros y donde cultivaron su inteligencia varias generaciones de hombres que después han figurado con brillo en las Ciencias, las Letras y la Política del país.
Francisco Rivero. La Grita. 2018.


Prestó servicios a la República en calidad de Diputado al Congreso Nacional y a las Legislaturas regionales y una vez, estando entregado a sus faenas apacibles de Cura de La Grita, lo sorprendió una solicitud del pueblo del Zulia que lo quería para Obispo de su Diócesis. En una ocasión su figura evangélica se levantó sobre nuestros errores, lanzando un "amaos los unos a los otros", pero dadas las circunstancias, su palabra se perdió en el vacío trayéndole en cambio perjuicios sin fin. . .


Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.

sábado, 15 de diciembre de 2018

Monseñor Jáuregui. Parte VII.


He guardado siempre por Monseñor Jáuregui una acendrada devoción, su figura noble está unida a los recuerdos de mi infancia, a los afectos del primer hogar, a la memoria de mi padre, quien, como aquél, era trujillano, de Niquitao y fueron amigos entrañables, compañeros de ideales y en actividades de educadores y también pares en el destino adverso.

Francisco Rivero. Salón de Lectura de San Cristóbal. 2018.

 En 1941, cuando yo era Presidente del Estado Táchira, la Junta Directiva de la Sociedad "Salón de Lectura", dispuso que fuera colocado en la "Galería de Hombres Notables", el retrato de Monseñor Jáuregui, como homenaje póstumo de dicha Sociedad a su venerada memoria. En el acto organizado para tal fin, con pompa y seriedad, los directores del centro cultural dispusieron que fuera leída una página que yo había publicado en el periódico "El Universal" en setiembre del año de 1914, que fue cuando se erigió su estatua. Como era de rigor, yo estaba presente en el acto aquel, con especial satisfacción. Descorrido el velo que cubría el retrato, apareció la figura señorial y atrayente, que la lectura del escrito mencionado ponía a andar en la vida y entonces una extraña ofuscación anubló mi ánimo y algo como un desdoblamiento de mi ser se operó, por efecto de lo cual me hallé súbitamente, en un punto del pasado, me vi niño en una sala de la Casa Cural de San Cristóbal, donde se hallaban cuatro personas en cordial compañía. Era esa una escena que vagaba por mi subconsciente, sin duda, y precisé claramente esos cuatro hombres que eran el Vicario, el doctor Jáuregui; mi padre, el doctor José Abel Montilla; el doctor Abel Santos y el doctor Pedro María Morantes, quienes vivían en casas vecinas y con frecuencia se reunían en la Casa Cural  en amistosa e ilustrada tertulia. Mi padre me llevaba algunas veces allá, lo que me placía, pues hojeaba libros de estampas y gustaba un sabroso manjar con que se obsequiaba a los visitantes.
Mas, aquella noche el recuerdo me fue amargo, porque pensé que a esos cuatro hombres ilustrados y avanzados, luces encendidas en la sombra provinciana, los había abatido el vendaval de la Revolución: Monseñor Jáuregui, preso y desterrado; mi padre, en prisiones de donde salió enfermo de gravedad, a morir en plena juventud; el doctor Santos fue a llevar grillos en el Castillo de San Carlos y el doctor Morantes, amargado, incomprendido, apartado, terminó su vida en tierras extrañas. Todos desaparecieron en un camino sombrío de desgracia y tribulaciones. Uno de ellos se detuvo en un punto del sendero, aparejó un seudónimo y devolvió el golpe, vengando a todos, con un libro tremendo, "El Cabito" de Pío Gil, porque las ideas cortan más que las espadas y punzan más que las bayonetas y las lanzas.
Y abstraído continuaba en las representaciones interiores y determinaba que a esos cuatro hombres de pensamiento, podrían agregarse otros de equivalente valía; que podríase arrimar al grupo ese, las sesenta y cuatro familias dirigentes, en diversas escalas y actividades, que salieron de San Cristóbal o descaecieron en su influjo social, a partir de 1899 y también incorporar los miles de hombres que fueron a caer en los campos de batalla, en lejanos puntos de país o se desparramaron en una estéril y maligna burocracia y aun los millares aventados a amargo exilio en Colombia y pensaba que con todo eso se tendría un cuadro real de un drama, silente, trágico, oscuro, que ha vivido una valiosa porción de la Patria. Drama tremendo, cuando a los valores humanos, que sólo puede ser equiparado a ese otro, que es una diabólica amenaza, la erosión de las tierras, otrora ricas, lo que tanto preocupa a estudiosos y patriotas de la hora actual.
Aquel artículo, "Monseñor Jáuregui", leído en la velada de San Cristóbal, quiero reproducirlo ahora, en la oportunidad del Centenario del natalicio de ese ilustre venezolano, cuando su sombra venerada reaparecerá ante los pueblos de la Cordillera, para reforzar todo lo que en las almas de sus hombres y de sus mujeres, haya de más fuerte y elevado, en patriotismo, en viril valentía, en dignidad humana y en laboriosidad redentora.

          Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.

lunes, 10 de diciembre de 2018

Monseñor Jáuregui. Parte VI.


Un día cualquiera corrió en San Cristóbal la noticia de que el doctor Jáuregui había sido reducido a prisión en La Grita y conducido con escolta hacia Maracaibo, para ser llevado al Castillo de San Carlos por orden del general Castro. En aquella ciudad estaba, cuando por gestiones afanosas de sus amigos y discípulos se logró cambiar la orden de prisión por el destierro, lo que se hizo apresuradamente. Fue aquel un doloroso acontecimiento en Los Andes y en el Zulia donde el Maestro contaba con leales amigos.

Francisco Rivero. Castillo de San Carlos. 2018.

En el ostracismo el varón ilustre iba a alcanzar grandes satisfacciones para su alma cultivada en el estudio y en viajes por lugares clásicos, pero no pudo apartar la nostalgia profunda de  la Patria y el dolor de la injusticia sufrida y esas penas minaron su salud vigorosa y lo llevaron tempranamente al término fatal.
Triste, culpable, fue aquel proceder del general Castro que tantas voluntades le enagenó en los Andes. El daño era trascendental para esos pueblos, mucho más de lo que a primera vista podía considerarse. Se daba un golpe rudo a la cultura de los Andes; se apartaba de la sociedad un dirigente excelso. ¿Cuánto habría podido alcanzar y realizar en bienes para los Andes, ese hombre enérgico, culto, atormentado por el espectáculo del atraso de los pueblos, ahora que muchos amigos y discípulos tenían una posición de privilegio en la política nacional cerca del Presidente de la República? ¡Qué vasta y benéfica hubiera podido ser su labor de educador, con mayores recursos y protección oficial, si había sido fecunda otrora, sumida en atraso y estrecheces!
Por eso hubo en la gente tachirense tristeza y rabia cuando por un camino que se perdía en las montañas, se alejó un grupo de jinetes formado por polizontes y vecinos indignados que custodiaban al doctor Jáuregui, preso indefenso de un gobernante del que muchas cosas buenas se esperaron, vanamente. Ese pueblo, honrado y laborioso, había servido de escala a la ambición del Caudillo y ahora lo divisaba con talante de tirano persiguiendo a un hombre de la talla moral del doctor Jáuregui, cuyo influjo superior en el ambiente, ninguna persona lo ha recogido en el correr de los años.
Se llevaban para siempre al que era el ayo espiritual de que hablaba Séneca; el consejero luminoso, de Baltasar Gracián para muchas almas en formación, en una sociedad que buscaba su camino y a la que habrían de asaltar, en período de violencia posterior, males tremendos para su cultura, progreso y elevación moral.
          Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.

Monseñor Jáuregui. Parte V.


El mal ingente que el doctor Jáuregui se proponía evitar tuvo su culminación en la indecisa batalla de Cordero, unas semanas después, con más de mil quinientos bajas y en una cauda de saqueos, atropellos, vejaciones, consumados por las tropas expedicionarias, que ni raciones efectivas recibían y tenían que andar en rapiña descarada para poder subsistir, lo que fue causa de rencores sombríos en la gente tachirense, los cuales hubieron de asomar, tiempo adelante, en represalias insanas cuando, en función  de armas o de autoridad, fueron muchos tachirenses por apartadas regiones del país. Encadenamiento siniestro de males, que no hay que perder de vista cuando se vaya a juzgar actos y actores de nuestras tremendas guerras civiles de hace años y también ciertos aspectos de la vida política nacional.
La batalla de Cordero fue una de las más encarnizadas de los Andes. Allí se batieron con singular denuedo siete mil hombres pertenecientes a distintas regiones del país. Castro y sus legiones formaban el lado débil y no fueron, en realidad, vencidos. En las almas endurecidas de los combatientes asomaba la herencia heroica del pueblo venezolano, lo que, al fin de cuentas, era una compensación para la gran desgracia que se completaba. El heroísmo, aunque sea el triste e infecundo de nuestras guerras civiles, es una presea venezolana. Todavía, el anti-héroe criollo no ha cobrado influjo bastante para que lo niegue y lo burle, como cosa inútil.

Francisco Rivero. Campo de batalla. 2018.

Cuarenta años después estuve en ese campo de batalla y algunos que habían participado en la acción hacían explicaciones. Un pacífico señor de Táriba, ya anciano, me dijo: —"Aquí estuve yo hace cuarenta años quemando muertos. — El dolor nos partía el alma al ver a centenares de infelices negros consumidos por las llamas". Estuve pensando en el suceso, viendo en la imaginación esas piras siniestras devorando a pobre gente esperada por allá en Aragua, Carabobo, Barlovento por sus deudos apesarados. Entonces les recordé el intento generoso de Monseñor Jáuregui que pudo evitar tamaños daños.
Sin embargo, el yerro de Castro, en Borotá, consistió en no haber determinado con precisión, el desatino del padre Zambrano, que no era en sí un acto de malicia, sino una imprudencia, hasta una torpeza y en atribuir al doctor Jáuregui participación, entendimiento anterior en el acto, lo que por la mente de nadie podía pasar dada la altura moral del Maestro.
Empero, si alguna disculpa hay para la actitud de Castro en la ingrata ocurrencia señalada, no la hay, no la puede haber para las consecuencias de la misma, para su actitud posterior que es una mezquina e injusta venganza de poderoso ensoberbecido. —..Castro llevaba una alma vindicativa inflexible; se empeñó en tomar venganzas hasta de distantes, viejos agravios cuando la fortuna y su valor lo llevaron a cumbres de poderío. Esta misma deformidad moral la arriman a personajes relevantes como a los neogranadinos Francisco de Paula Santander y Rafael Núñez y algunos lo hacen con el gran mexicano don Porfirio Díaz. Por aquí, entre nosotros, Guzmán Blanco no escaparía a la censura. Por el contrario, los grandes caudillos federales, Falcón y Zamora, mostraron hidalguía con sus adversarios. Falla humana dañosa esa de la venganza, que empaña almas grandes, por otros respectos y que es funesta, porque el cultivo del odio en la vida política dará cosecha de ásperos cardos en vida del agente o en la historia y además el odio es infecundo, negador, en grandes ámbitos de acción y la actitud vindicativa señala una vocación de aborrecimiento que achata el alma y la hace anti-social…
Castro fue vengativo con el Maestro Jáuregui y con ello destruyó una gran vida y maculó el nombre suyo, ante sus contemporáneos y en el tiempo por correr, en el que se le juzgará severamente. El Caudillo llegó triunfalmente a Caracas y asumió el mando como Jefe Supremo del país. El poder duro de Castro se hacía sentir en el Táchira, a la husma de sus adversarios, los que en buen número habían escapado rumbo a Colombia y algunos que no lo hicieron quedaron expuestos a despiadada persecución.
          Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Monseñor Jáuregui Parte IV


Monseñor Jáuregui está en La Grita, en su Colegio con contados alumnos y en su imprenta donde siempre se trabaja aunque sea en simples publicaciones religiosas. Su noble espíritu se estremece ante el drama que considera con celo patriótico. El Táchira se está desangrando: hace un año, no más, una guerra civil, la del Nacionalismo, le impone una vasta contribución de vidas y riqueza; ahora, los hombres parecen enloquecidos por la pasión guerrera; para las filas de Castro se han encaminado muchos de sus alumnos del Colegio y son valores humanos en cierne que se pierden. Y la lucha es desigual, si a considerar las fuerzas en juego se va.
Monseñor no puede permanecer indiferente e insensible ante los males inmediatos y los que se divisan y por su mente encendida pasa la idea de una iniciativa humanitaria que se condensa en el  Propósito de una mediación, entre los guerreros que febrilmente se preparan para la lucha. Y dominado por este pensamiento y por estos sentimientos, sale de La Grita y se dirige al campamento del general Fernández. Es necesario saber lo que ese viaje representaba de esfuerzo en aquel tiempo, por fragosos y desolados caminos, en la estación de lluvias y con el riesgo, no despreciable, de las cuadrillas de malhechores con guaridas en las montañas. Mas, para un hombre con tamaño empeño no hay obstáculos reales.
Francisco Rivero. Cipriano Castro. 2018.


El general Fernández recibe con cortesía al sacerdote, lo oye en su petición y dispónese a llegar a un posible arreglo, mediante condiciones determinadas. Del campamento del Gobierno se dirige al doctor Jáuregui al campamento revolucionario que está en Borotá. Castro acoge al levita eminente con singular beneplácito y al manifestarle éste el motivo de su visita se encierran en una habitación para hablar con detenimiento.
Pero el doctor Jáuregui llevaba por compañero a un Padre Zambrano, que no era hombre de muchas luces y además incauto y franco. Durante la entrevista del Caudillo y el sacerdote, el Padre Zambrano se enredó en conversación con los oficiales más destacados del ejército, algunos de los cuales eran sus viejos con-discípulos de La Grita y aquel les refirió detalles de lo que había visto en la Plana Mayor del Gobierno, con lo que se delineaba la reparación bélica del adversario y acaso llegó el imprudente Cura a expresar temores por la suerte de sus amigos. Eso, era acto gravísimo en aquellos momentos, en vísperas de una batalla, el minar la moral guerrera, sin duda, aunque ese no fuera el propósito en principio. Concluida la conferencia de Castro y Jáuregui, los dos sacerdotes, montando briosas mulas se alejaron del campamento en dirección del Cuartel General del Gobierno para considerar las declaraciones de Castro.
Mas, para desgracia lamentable, uno de los oficiales refirió al Caudillo lo que había oído al cura Zambrano y entonces Castro, de suyo violento, montó en cólera y dio orden de detener a los viajeros, pero como estos iban bien lejos, no se logró y de seguida escribió una airada carta al doctor Jáuregui destruyendo todo lo hablado y concertado. En el campamento de Fernández se hallaba el sacerdote cuando recibió la misiva que un "posta" llevó en volandas, lo que lo dejó en desairada y crítica situación. Con acerbo dolor del alma retornó a La Grita, confiado en Dios, solamente, toda vez que nada podía esperar de los hombres en ese amargo trance para su espíritu de patriota y de hombre culto y bueno.
Para medir acertadamente la explosión de protesta por parte del general Castro en esa ingrata oportunidad apuntada, es conveniente tener en cuenta la situación crítica y especial en que se hallaba. Un trabajo agobiador de varios meses, algunos combates, comprometedores de su suerte, recientes y ahora un ene-migo poderoso en su camino y además, el peligro de ser atacado por un flanco por el general Peñaloza y sus valerosos tenientes y la amenaza de un refuerzo para el Gobierno de tropas trujillanas al mando del doctor González Pacheco. Este conjunto de peligros y dificultades no era, ciertamente, base para mantener el ánimo sereno y ponderoso y también pudo suceder que con su espíritu sagaz percibió la posibilidad de que en sus filas corriera una voz de desaliento por los informes del cura Zambrano, apoyados por el acto mismo de su disposición a tratar con el adversario, lo que disminuía de por sí, el espíritu combativo de sus tenientes y soldados con la sorpresa de un desvío en la resolución de pelear, ya tomada colectivamente, acto psicológico que mucho valor tiene para la moral en las empresas guerreras.
No se puede juzgar con una ética regulada los actos de los hombres cuyos ánimos sacuden los embates de una lucha encrespada, del mismo modo que se hace con otros, totalmente distanciados y que miden sus pasos y lanzan sus palabras sin turbación alguna a su alrededor.
          Tomado del libro de José Abel Montilla “El Terruño, la Patria y el Mundo”.