domingo, 20 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer, Final.

X. Apartaderos. Capítulo final.

 You can´t repeat the past.

The Great Gatsby
F. Scott Fitzgerald.

Si hubiese podido repetir el pasado, me habría bajado del autobús en Barinitas y haberme quedado a vivir  en esa ciudad el resto de mi vida. Estaría más cerca de mis orígenes en la capital de la República.


Estábamos en   la parte más alta del camino a 3500 metros de altitud. Un lugar llamado Apartaderos.  El autobús se detuvo e hizo   una parada. Note ciertos cambios en la gente pues el frio y la altura nos enrojecían la cara. Expulsaba  uno  el humo por la boca al hablar. Yo titiritaba de frio.
El nombre de Apartaderos, viene del sistema montañoso, que se parte o  divide en dos ramales en ese punto. También se le llama el Nudo de Apartaderos. Un ramal sigue hacia Valera en el estado Trujillo, alcanzando alturas bastante considerables como en el Pico del Águila y el otro ramal es la Sierra de Santodomingo que desciende un poco hacia Boconó en el mismo estado en la fachada andina de los Llanos barineses.
Casi todos los viajeros llevaban gorros y guantes de lana. Algunos se envolvían en  gruesas chaquetas, otros se cubrían con ruanas y los menos pudientes con humildes cobijas.
-Hay, que bonito todo- exclamaba una niña mirando la extraña vegetación y las pequeñas casitas blancas como de pesebre diseminadas entre los cerros.


Entramos a un cafetín  a través de una pequeña puerta. El interior era agradable por la buena calefacción. Era un sitio turístico donde vendían chocolate casero bastante aceptable, Toddy caliente y arepas de trigo. El lugar era distinto de todo lo que habíamos visto antes. Las paredes enchapadas en madera y en el centro, ordenadas en hileras, algunas mesitas de madera cubiertas de manteles de cuadros rojos y blancos le conferían  un toque algo exótico,  muy chic de café europeo.


Que me pasa, me pregunte ¿Será que estoy soñando que me encuentro en otro país?
Le hice el comentario a la joven Eunice y se reía.
 Las tres amigas se sacaron una foto con aquel decorado de chimeneas,  jamones y salchichones que colgaban apetitosamente sobre una barra,
Unos Turistas franceses, parados enfrente de las vidrieras observaban con curiosidad las postales con las lagunas al pie del pico Espejo cubierto de nieve, los frailejones en flor y el moderno teleférico.
El trato hacia los clientes era amable, aunque los mesoneros eran muchachos parameros de la zona, de poco entendimiento y bastante lentos en su trajinar.
No conocía las arepas de trigo. Probé una rellena de queso ahumado y no me pareció mala  aunque no le sentí ningún sabor especial.

Dentro de aquel refugio compartí la  mesa con Adriana y sus dos amigas. Las tres  empezaron a  hablar de asuntos muy serios y académicos como estudios, pasantías y exámenes, mientras tanto yo las miraba de reojo con cara de asombro. 

Viaje al Atardecer. IX

IX. Barinitas.


El viaje continuo por el piedemonte andino. La carretera ahora comenzaba a ascender suavemente. Comenzaba a amanecer. Era un paisaje más ameno y variado. Era una vía  bastante ancha y moderna de dos canales y con una isla central. Pasábamos  entre  mesetas en cuyas explanadas se destacaban  los negros penachos de las palmeras. Las lomas  de los cerros en redondeadas formas e mujer, se vestían de un lustroso y verde follaje. La piel de la montaña se estremecía con  un aire de frescura y sensualidad que excitaba los sentidos. El olor a yerba húmeda recién cortada, a cilantro y a yaraguá penetró por la ventana como  una marea de suaves oleajes.



Al final de una cuesta estaba una avenida bordeada de matas de cayena. Es el pueblo de Barinitas de una sola calle amplia, bien iluminada y solitaria. Varios kioscos con ventas de frutas se alineaban en esta avenida. Sus dueños estaban comenzando a abrir y ya colgaban de las paredes las mayas de lechosa, naranjas, parchitas, cambures, zapotes, mandarinas y otros frutos.
Barinitas la antigua capital del estado, Está situada en un lugar perfecto con un clima ideal. A un lado del rio Santodomingo, que la bordea, bañando las faldas de la Meseta de Mororoy, donde se asienta. Fue capital durante más de un siglo, hasta que sus pobladores se aventuraron a bajar a los llanos, atraídos por la riqueza las tierras fértiles y fundaron la nueva Barinas.  Así vimos en aquella madrugada inolvidable a Barinitas, tierra de hermosos paisajes al pie de los Andes.
Subieron tres personas más que estaban paradas esperando en la bomba de gasolina. Eran andinos arrebujados en sus ruanas. Una familia que iba para Pueblo Llano. El hombre nos pasó por el lado cargando un saco blanco algo  pesado donde llevaban el avío.  A él y a su familia les fue asignado por el chofer   el último asiento, muy cerca del motor.
-           Huy.. nos mandaron para la cocina- Exclamó el hombre con ironía y cuando abrió la boca  no pudo ocultar el olor a miche.
-           Pongamos al mocoso pa este lao encima de los chécheres- dijo la señora.

Aquel aire puro de montaña era reconfortante.  Fui   al baño.  Al salir me tomé un café  y compre un  chocolate Savoy para el camino.
Aquí se terminó la travesía plana. Ahora en bus enfilaba en dirección noroeste buscando las montañas andinas.


Barinitas es un barrio de Mérida, situado al borde  de la meseta, que se formó a mediados del siglo XX, con los llaneros que fueron llegando para trabajar en el Teleférico. En aquel pintoresco rinconcito llanero también había música en vivo con arpa cuatro y maraca los domingos. La cerveza era la más barata de la ciudad y se vendía a un real  con una locha.

sábado, 19 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer VIII.

VIII. Bienvenidos a Barinas


Nunca cuentes a nadie tus buenos recuerdos, porque entonces podrás perderlos.E. Hemingway.

El Estado Barinas era mucho más grande después de la Independencia de Venezuela. Barinas era la antigua Provincia de Barinas de la época colonial. Su mapa, mejor formado entonces, Era un enorme triángulo cuya base era toda la margen izquierda del Apure, por el sur, la cordillera central por el norte y un vértice agudo que encajaba en los andes trujillanos por los lados de Boconó. Con las Guerras Federales, los caprichos de los dictadores y los Congresos Constituyentes empezó a cambiar el mapa, pues le arrancaron unos territorios en la parte oriental. En 1851 estos territorios se separaron y crearon los estados Cojedes y Portuguesa. Recuerdo que para nosotros en quinto grado de primaria el mapa de Barinas era un dolor de cabeza. Sin duda alguna, el más  difícil de dibujar.
Avanzábamos por la carretera de los Llanos hacia  Los Andes. Gandolas largas y anchas avanzaban también llevando caña de azúcar para los centrales. Otras llevaban algodón en grandes bultos. El maíz  y otros granos pasaban en grandes containers cerrados. Camiones de ganado. Todo se movía por la carretera un ritmo incesante. El país producía. En aquella noche vi también una caravana de 50 carros nuevos que venían de una planta ensambladora de Valencia.



Converse  durante un rato con mi vecino. Al comienzo hablamos  sobre las cosas más normales e intrascendentes que se cuentan los viajeros: de dónde vienes, que haces, cómo te llamas.  Luego la conversación tomo un giro más serio al hablar sobre  los riesgos en el camino. Era un ingeniero civil que  trabajaba en Caracas. Volvía  a los Andes a visitar a sus familiares. El hombre parecía serio y preocupado por el destino del país. Sin embargo era un futurista decidido, y con una visión optimista que yo compartía, pensaba que estábamos viviendo la mejor de todas las épocas. Por tal motivo lanzó una frase bien pensada en grandes letras mayúsculas pronunciando cada palabra con cuidado.
-          Es- dijo-   El comienzo de una nueva etapa de paz y progreso para la humanidad.
Después de aquella frase rimbombante que nos aplastó a todos, guardamos un largo silencio de aprobación. El hombre hecho la cabeza hacia atrás, sacó el pecho se tocó el cuello de la camisa con ambas manos y sonrió muy satisfecho.
-Además somos un país de gente joven. Somos en total 10 millones de habitantes y seis millones por debajo de los 19 años- agregué yo.
-Exacto-
Pasamos por Boconoito y luego un gran puente de hierro construido sólidamente en los años 40. Cruzamos  el río Boconó y entramos en el Estado Barinas.
En  Puente Páez había una alcabala militar y un camino de tierra que desprendiéndose de la vía principal se internaba en la oscuridad. Hombres con rostro color de tierra en uniformes verde oliva. Botas negras y negros fusiles nos miraban. En letras blancas pequeñas un rotulo que decía Sabaneta…
Mientras tanto el autobús avanza hacia el oeste silbando por la carretera. Un niño comenzó a llorar. Su llanto lastimero duró unos minutos. Sus gemidos se fueron apagando poco a poco.
-¿Que tiene?- Le pregunte a la madre.
- No sé- Me contestó.



Viaje al Atardecer VII

VII. Aquellos choferes.


Los dos choferes sentados en la cabina conversaban. Revisaban también las luces de emergencia, el marcador de temperatura y el nivel del aceite y la gasolina. Colgados del espejo
los primeros zapaticos del niño con que aprendió a caminar, se balanceaban con la vibración.  La figurita de José Gregorio Hernández, la manito negra de azabache y otros amuletos contra el maldeojo adornaban también el tablero.
Después de una hora de parada en Ospino. Una espera prolongada que nos pareciera un siglo, estábamos a punto de partir de nuevo.
Digo esto, porque a través  una puertecita cubierta por una cortina roja, salieron los dos choferes del Restaurante. Venían  sobándose la panza, con expresión  risueña y   de satisfacción. Vestían el uniforme de la Línea Expresos Alianza,  de pantalón azul marino de casimir, camisa blanca mangas largas y corbata negra. Por los  rasgos andinos y el acento tan pesado al hablar, notaba uno que casi todos ellos provenían del Táchira.




-          Ala, Estaban buenos esos espaguetis- Decía uno.
-          Se nota que cambiaron de cocinera-
Hacían comentarios triviales sobre la comida, que generalmente era proporcionada sin costo alguno por el dueño del restaurante, en agradecimiento. Era una práctica común entre los choferes  establecer acuerdos con el dueño de un restaurant para aumentar sus ganancias llevándoles a  los viajeros. A cambio, se les daba la comida y la bebida gratis. Este ahorro en sus gastos además incluía una caja de cigarrillos  como una cortesía de la casa.

Los choferes mantuvieron una corta reunión con otros colegas hablando de las peripecias del camino, el estado de las unidades  y las ganancias en el trabajo. Algunos aprendieron a manejar en la línea de Aerobuses, la más moderna del país que operaba durante la dictadura de Pérez Jiménez.
-Ala, Obduluio las paso negras con el 320. Se le accidentó cerca de Pedraza en la vía a San Cristóbal. Pasó toda la noche tratando de reparar el cardan. No consiguieron a la cruceta sino cuatro horas más tarde en la madrugada.
-La compañía no le da el mantenimiento a estos buses. Le sacan el jugo hasta que revienten. Luego, cuando son unas chatarras y no le pueden sacar más dinero, las venden para el transporte de los pequeños pueblos.
- Parece que a los dueños no les importa la seguridad de los pasajeros.
-Es una lástima. Son Mercedes Benz de muy buena calidad. Pueden durar muchos años. Ahora están trayendo unos buses de Brasil, pero de baja calidad. Se dañan mucho.
Los dos choferes sentados ya en la cabina conversaban sobre sus familias. El más joven apostaba  a los caballos en el juego del 5 y 6. Le mostró la Gaceta Hípica a su amigo, con unos datos que le habían pasado desde el Hipódromo.  Hoy era domingo y ayer en la tarde había sellado un cuadro, como todas las semanas. Quería ganar un premio para terminar de construir su casa en Palmira.
Tocaron la corneta bastante fuerte y luego gritaban a todo gañote
- Pasajeros abordar la unidad!



viernes, 18 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer VI.

VI. Una pelea.


Nunca faltaban las peleas en los bares de carretera. Peleas a puño, sin ningún tipo de armas. Sin más preámbulos, paso a narrar una que se suscitó en aquel viaje, cuando paramos en Ospino.
Escuche un tintineo muy familiar de botellas y vasos de vidrio. Provenían  de una mesa donde algunos  hombres divitiéndose   jugaban dominó. La partida estaba en su fase final. Cruzaban miradas elocuentes entre las parejas, llenas de angustia reprimida. Apostaban la ronda de cervezas. El doble seis había quedado por fuera.
-Trancaron la cochina- dijo uno con aire triunfal.
-jajaja – Se rio el de al lado con cierto desdén, hacia los adversarios.
Tiraban las piedras con fuerza sobre la tapa de la mesa,  soltando una risotada después de cada jugada. Los tipos tenían ganas de armar bochinche. El ruido que se elevaba hasta el techo, retumbaba en medio del caos.
Dos de ellos, con cara de amanecidos, habían llegado en un carro que estaba estacionado enfrente. Un Chrysler New Yorker del 69, ocho cilindros, color rosado guayaba con techo de vinil color blanco ostra. Era del tamaño de un barco. Adentro, un par de mujeres dormían en el asiento trasero. Los otros tipos vinieron en un Ford LTD de color negro, con placa  de la Gobernación de Portuguesa. Tenían pinta de guardaespaldas.
Se escucho el ruido de una bocina y el más joven se levantó abruptamente, volteo sus piedras de dominó para evitar alguna trampa y salió corriendo hacia el carro.
Una mujer dentro del carro sacó la cabeza por la ventana, mientras pedía a gritos.
-Mi amor, trame un cuartico de leche y una arepa de carne esmechada.-
El aludido dio media vuelta y volvió a la fuente de soda dando tumbos.
Un par de señoras sentadas en la mesa de al lado comentabas cerca de nosotros
-Que  pésimos lugares de descanso en la carretera. Esto es un bar de mala muerte. Por Dios miren ese borracho que casi se cae….
- Si- respondió la otra- y lo peor es  la falta de vigilancia que nos deja indefensos ante los abusos.
Camiones de ganado pasaban a toda velocidad por la negra carretera, batiendo el aire caliente levantando  detrás de ellos una densa polvareda de humo negro. El calor del llano húmedo y pegajoso se hacía insoportable. El cielo relampagueaba alumbrando el chaparral detrás de un gran charco de agua con destellos plateados. Mezclado entre los vapores de aceite se levantaba el olor a tierra húmeda. 
Las mujeres seguían en su cháchara con más decisión, al sentirse apoyadas por algunos curiosos.
Densos nubarrones que se formaban hacia el occidente en las estribaciones de las montañas amenazaban con tormenta. Un perro realengo flaco y sarnoso se abalanzó sobre los restos de carne en un plato de cartón. Huyo velozmente, cuando una manada hambrienta empezó a ladrarle.  Entonces uno negro y de gran tamaño, que nadie sabe de dónde salió, con gruñidos iba  regañando a todos y  mostrando una blanca hilera de afilados  dientes. El rumor  de la gente hablando, las cornetas de los autobuses que entraban y salían era algo ensordecedor. Cayó un rayo que cortó la oscuridad como un cuchillo

De repente, un pasajero secándose el sudor del cuello con un pañuelo blanco, algo enfadado le reclamó  algo a uno de estos camioneros con aspereza.
El que así hablaba era un tipo, de unos treinta años, de piel tostada por el sol y contextura bastante fuerte. Un tipo oriental de esos de  carácter impulsivo, que a veces amanecen con el indio atravesado.
Jacinto  que estaba algo ebrio, le respondió con una frase obscena. Se rio con sorna mostrando los dientes y dio un empujón.
El pasajero  mantenía los puños apretados y se le hinchaban las venas del cuello.
Los hombres estaban frente a frente y cruzaron miradas de odio. Un amigo se le acercó al joven y lo retuvo por el brazo, mientras le hablaba cabizbajo.
-No te metas en problemas Silva, deja ese carajo quieto. Estos tipos  son cuchilleros.
Jacinto se le  infló la cara  como un balón,   las mejillas se le inyectaron de  sangre  y respondió.
-Yo no acepto ofensas de cualquier pendejo, amigo.- Si quiere váyase a otra parte y coma donde le dé  su gana.
En un parpadeo de ojos, Silva  se le abalanzó encima como un rayo, lo derribo al piso, se le fue encima. Cayeron los dos gladiadores al suelo y rodaron un buen rato,  bien agarrados como una pelota que daba rugidos, patadas y mordiscos. Uno se levantó y fue a buscar una botella,  pero fue contenido por una multitud.
-Cómo dijiste? Cómo dijiste? Preguntaba entre dientes.



 El hombre se levantó del piso limpiándose el polvo de su camisa con la palma de la mano. Como era de esperarse, reaccionó de manera aguerrida, y con movimientos torpes se puso en guardia adoptando una posición de boxeo harto ridícula. Arremangándose la camisa y exhibiendo  los puños hacia arriba  caminaba de medio lado, alrededor de un círculo. Con los músculos de las piernas tensos retaba a su contendor y de vez en cuando se  agachaba un poco como esquivando unos golpes imaginarios.
Mientras tanto Silva con el cuello erguido y se quedó de pie y le lanzó una mirada escrutadora llena de  desprecio.  Luego se volteó y se retiró lentamente dándole la espalda, demostrando con esto la falta de temor hacia  su adversario.
El amigo le dijo al otro
-Coño Silva, se te salió la clase de cumanés. Ganaste la pelea.  Lo derribaste de un solo knockout.
 El y su amigo  subieron al autobús con aire de triunfo. La gente comenzó a arremolinarse cerca de la puerta.
Un grupo de damas que estaban alejadas no presenciaron la pelea. Entre ellas estaba la catira de Valencia quien se acercó algo exaltada a preguntar qué había sucedido.

-Nada, chica, te perdiste de ver la lucha libre.- le contestó lacónicamente otra joven.

Viaje al Atardecer V.

V. Requiebros de amor.


Después de salir de un pestilente baño de caballeros, y  pudiendo notar   que no había caído ningún líquido sobre mi pantalón pasé a observar las vidrieras en donde se exponían todo tipo de objetos para los viajeros.
Me entretuve un rato mirando los discos de una rokola. Todavía en los años 70 abundaban las Rockolas  al igual que  los bares de carretera, aunque ya estaban en declive. Los bares de carretera de los años 50 eran la mejor expresión del modernismo de la época. Fachadas cubiertas de mármol y un decorado interior de líneas futuristas y aerodinámicas. Eran muy limpios y allí todo brillaba. Mucho plástico, topes de acero inoxidable, colores vivos y lucecitas para recrear un ambiente de las películas de Hollywood.
Cuando era niño había uno de esos  bares  debajo de mi casa en Maracay. Una enorme rockola tronaba día y noche.  Me acostumbré a los ritmos caribeños, las canciones mejicanas, las cumbias, los boleros pegajosos  y los vibrantes joropos. Aprendí a conocer y amar la música popular. De día entrabamos los niños a curiosear. Podíamos estar en la mitad de afuera del bar. Una cortina de cuentas de todos colores ensartadas en nylon separa discretamente este ambiente público, de otro más reservado al fondo, en donde estaban las mesas y las rockolas. Allí, a partir de las ocho de la noche, se daban cita los clientes habituales  los cuales eran atendidos por las mesoneras. Nos gustaba sentarnos en los bancos giratorios de la barra de afuera  y dar vueltas y vueltas. Tomábamos una coca cola.  El portugués nos echaba de allí, cuando ya no consumíamos otra cosa.
 Luego los bares empezaron a decaer. Los prohibieron. La excusa: Eran lugares oprobiosos que atentaban contra la moral y las buenas costumbres. Fue una trampa de las compañías de cerveza para aumentar sus ganancias. Entonces las personas empezaron a comprar licores para tomar en las casas. Y en cada  casa había un bar. Y se vendía más alcohol.
En cuanto a las Juke Box que vinieron del norte a fines de los años 40 y al llegar al trópico se convirtieron en rokcolas, causaron furor y   se expandieron como el fuego por todo el país. La música también cambió y se hizo más fogosa y más sonora. Aquellos discos de acetato de 45 revoluciones por minuto traían  grabadas un par de canciones. Cubiertos por una cúpula ovoide de plástico, brillaban con las luces de todos colores que brotaban del interior y  giraban como platillos voladores. Había variedad en esta rockola de Ospino. Para todos los gustos y todas las épocas. Comenzando la voz sensual y rockolera de la maracucha Lila Morillo. Los pasajes de Juan Vicente Torrealba y algunos joropos del Carrao de Palmarito para complacer a los llaneros. Música bailable del caribe tampoco faltaba: las guarachas de la  Sonora Matancera y la música gallega de  La Billo´s Caracas Boys y Los Melódicos. También había para escoger entre los más sonados    boleros de Julio Jaramillo y las rancheras de Javier Solís. El resto eran  tangos y baladas cursis ya pasadas de moda.



Un camionero  solitario  con un vaso de cerveza en  la mano se acercó y le puso un medio en la ranura de las monedas. Presiono  el botón B4 para escuchar una ruidosa canción ranchera.
Me acerque a un portugués joven que en mangas de camisa, limpiaba las mesas con movimientos enérgicos circulares. ¿Quién es ese tipo le pregunté?
Sin hacerse rogar mucho, el portugués me narro la historia completa casi sin detenerse. Supongo que ya la había relatado cien veces a otros viajeros curiosos como yo, con las mismas palabras y señas, añadiendo refranes llaneros para darle más picante.

Balada del Portugués.

 Me contó que se trataba de  Jacinto Montenegro. El ultimo vástago de una familia de ricos hacendados de Cojedes. El viejo estaba podrido de plata. Recibió una herencia envidiable al morir su padre. Tres fincas de ganado con vaqueras de leche, romana, camiones  y casas de habitación. El joven sin educación se fue a la capital a disfrutar de su dinero. Se entregó a los placeres y al ocio. No le faltaban mujeres ni amigos. Jugaba mucho. Tomó por esposa a una bella mujer salida de la nada.  La mujer lo engañaba con otro. Le montaron más cachos que un venao. Los celos lo consumían. Un día desapareció  ella de la faz de la tierra. El tipo estuvo preso un año y luego lo soltaron. Quedó más limpio que talón de la bandera. Volvió al trabajo y se recuperó.  En una tarde de gallos en Barinas perdió todo. Apenas logró salvar  un pequeño camión. Ahora no tiene donde caerse muerto, anda de vagabundo por los caminos del llano.
-Con las mujeres hay que tener muito cuidado- me dijo. El caballo y la mujer hay que buscarlos de buena raza.

Agradecí al joven los buenos consejos. Me levante de la silla y  salí  a mirar la carretera. El tráfico de camiones aumentaba. El silbido agudo de una trompeta de aire agonizaba en la distancia.


jueves, 17 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer IV.

IV. Cojedes  y Portuguesa.


 El bus corría como una bala al llegar a los llanos. En el norte de  Cojedes el camino  era estrecho y con algunas curvas atravesando pequeño valles trasversales y ríos que se desprenden de las estribaciones de una cordillera. Cojedes es un estado perteneciente al sistema geográfico de los llanos centrales, junto con el estado Guárico. Debe su nombre al rio del mismo nombre, que significa “donde todo se puede” en lengua caribe. Un estado casi desierto con una población de unos  escasos 94 mil habitantes sobre un territorio extenso y plano de  14.800 Km.  Posee también algunos bosques de bellos apamates cuyas flores de color morado y rosado le dan un encanto especial a sus paisajes durante los meses de noviembre a mayo. La principal actividad económica son los inmensos hatos de ganado.


Portuguesa es el estado vecino, hacia  el oeste, casi del mismo tamaño, perteneciente a los llanos occidentales, en donde se ven signos de progreso. Un estado pujante con una ciudad moderna como lo es Acarigua, su capital, la cual es sede de un equipo de béisbol profesional. En los años 50 se creó la Colonia Turen, donde una inmigración europea, principalmente de Italia  de unos 20 mil habitantes se dedicaron a la siembra de cereales en sus llanuras con modernas maquinarias. Hoy es el principal estado agrícola del país y nos abastece de maíz, arroz, sorgo y otros rubros.
¿Por qué ese nombre de Portuguesa? Entre los primeros conquistadores del lugar en siglo XVI, había algunos portugueses. Uno  de ellos trajo de su patria una mujer muy hermosa, rubia y de bellos ojos azules, cuyos encantos crearon fama por la región. La mujer se   bañaba en el rio Guanaguanare y fue arrastrada por la corriente y  se ahogó. La buscaron por toda la zona y no pudieron hallarla. De noche se escuchaba su llanto lastimoso por entre los arboles de la ribera. Los españoles empezaron a llamar aquel rio “El río de la Portuguesa” y luego, simplemente para abreviar, lo llamaron Portuguesa. Luego el estado fue bautizado con el nombre del río.
Hasta mediados del siglo XX, estos dos estados estuvieron bastante aislados del país.  Por falta de comunicaciones. La gente viajaba a caballo o  en carretas de bueyes. Cuando el General Gomez inauguro la Trasandina en 1925, que unía Caracas con el Occidente, por el norte del país, le hicieron creer sus asesores que también habían hecho una carretera comunicando al Llano. Lo llevaron en carro hasta un puente a la entrada de Cojedes y le dijeron
-          Mi general, desde aquí hasta su hacienda La Mulera en Táchira toda esta carretera está igual de linda. Como esta Ud.  algo viejo no vale la pena que haga el viaje, se va a cansar.
El Tirano se creyó el cuento hasta su muerte en el año 36.
La carretera del Llano se construyó en los años 40 en pleno auge petrolero, cuando los carros empezaron a circular por todas partes. Se hicieron los puentes de hierro y el pavimento de cemento. Con el tiempo se fueron haciendo grietas por el calor y el roce de los cauchos de los grandes camiones. Las gritas y huecos empezaron a taparlas con asfalto que era más suave. Entonces la carretera se volvió negra y brillante.

Atravesamos Cojedes y portuguesa por el norte. Un camino bastante recto que estaba en muy buen estado, aunque en algunos puentes angostos, había que aminorar la marcha pues  no podían pasar dos autobuses al mismo tiempo. A veces se producían choques fatales a la entrada de  ellos por  descuido de los choferes o exceso de velocidad. Se quedaban dormidos y no frenaban a tiempo. Vimos un amasijo de hierros retorcidos en el fondo de una hondonada  de lo que fue una gandola de carga. 
El bus se detenía en estos puentes peligrosos que se elevaban sobre los barrancos. Las copas de los arboles apenas dejaban ver estos ríos que bajaban de la montaña, atravesado la sabana para luego  desembocar en el Apure. Al fondo se divisaban las estribaciones del asierra de Lara, una serie de montañas o filas que se desprendían en ramales de alturas sobre los 2000 metros. En Portuguesa las llaman galeras.
De repente un frenazo produciendo  un largo chirrido en las ruedas y el bus  se detiene. Se bajaron los dos choferes.
-Que pasó- preguntamos algunos.
El chofer entra a la cabina de los pasajeros y nos anuncia que hay un par de burros  en la vía. No quieren moverse.
-¿Burros atravesados en el camino?
-Por favor. Díganle a esos burros que dejen pasar  a las  personas inteligentes.
-Jajaja!


miércoles, 16 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer III.

III. Ospino.


Una luz intensa me   encegueció momentáneamente.  Cuando pude  abrir  los ojos vi que el autobús estaba detenido. Enfrente parecía haber salido el sol con  unos grandes avisos luminosos, también la luz interior del vehículo estaba encendida.  Poco a poco me fui adaptando a la claridad y me puse de pie.   Paramos en  una especie de dársena.  Allí estaban    estacionados en fila todos los autobuses  del occidente del país. Autobuses de  distintas líneas urbanas y extraurbanas. Del Oriente, del centro y de los Llanos. Dejaban encendidos los motores pues los de Diesel no se pueden apagar y prender tan fácilmente.


Entre la fuente de soda y el  borde de la carretera  despachaba combustible una bomba de gasolina propiedad de un italiano. Había una gran venta de cauchos con la cual se enriqueció el musiú  en pocos años. Ahora mantenía casi la mitad del pequeño pueblo de Sicilia, de donde salió después de la Guerra con una mano adelante y otra atrás. También prosperaba el negocio del  Gasoil y el aceite.
Los pasajeros con cara de sueño se levantaban con cierta pereza de su asiento. Comenzaban a descender en fila. Le pregunte al tipo del asiento de al lado como se llamaba el pueblo y me dijo que era Ospino.

-¿Ospino? ¿En que parte del camino estamos?  -Pregunte al chofer al salir.
-Ospino queda a mitad de camino entre Acarigua y Guanare, en el Estado portuguesa. También es la mitad del camino hacia Mérida- respondió.

Casi todos salimos a estirar los pies, a excepción de los novios que seguían muy apurruñados.
Recuerdo bien que al bajar del autobús, sentí una llamarada de aire caliente que me recorrió por todo el cuerpo. Di unos pocos pasos hacia atrás. Luego me sumergí en el ambiente abrasador y bullicioso de una gran fuente de soda. Un lugar de espacios  abiertos a la intemperie por donde volaban las moscas y mariposas nocturnas por sobre unas mesas de patas de aluminio. Lo primero que buscaban los viajeros eran los baños. Como es normal, los sanitarios de la fuente de soda estaban en los extremos y se ubicaron  con facilidad por los olores que desprendían: había que caminar un buen trecho para llegar a ellos.
Enfrente de una larga barra  el público se arremolinaba. Parecía que  nunca terminaban de  ordenar comidas y bebidas, escrutando con ojos hambrientos las bandejas donde estaban los distintos tipos de rellenos para las arepas. Aquel ambiente de feria de pueblo con su potente iluminación encandilaba los ojos, las cosas brillaban de manera irreal bajo la luz de unas grandes lámparas fluorescentes. Detrás de la barra algunos empleados con batas blancas y gorros se movían de un lado a otro con suma rapidez; servían café,  atendían a los clientes, cobraban y daban el vuelto. Al frente de aquel establecimiento estaba un portugués de Madeira de cara redonda y brillante, quien daba órdenes a los empleados desde la altura de un banco enfrente de la caja registradora. Con su peculiar acento lusitano movía los labios con rapidez dando órdenes, haciendo subir y bajar un cómico bigotico negro.
Los clientes se impacientaban tratando de ser atendidos de inmediato
-Dame una de queso de mano- decía una señora gorda alzando una pequeña mano de dedos muy cortos y llenos de anillos, de mirada algo soñolienta.
-Yo quiero otra de carne mechada con queso amarillo – gritaba un joven al lado por encima del ruido del gentío.
Pude ordenar un café con leche grande, después de grandes esfuerzos para atraer la atención de un mesonero. Le di un bolívar y me dio un real de vuelto. Inmediatamente empezaban formarse pequeños grupos de pasajeros que hablaban entre ellos animadamente.

Me senté en una mesa a tomarme  mi café en compañía de tres personas que jamás había visto y las cuales trataban de ignorarse mutuamente dirigiendo la mirada hacia las tazas humeantes o a cualquier lado. Un niño tomaba una coca cola a pequeños sorbos mordisqueando el pitillo. Estaba sofocado por el calor.
Observe delante de mí un grupo de tres jóvenes muchachas de pie que conversaban con dos tipos de manera jovial. Se notaba a leguas que eran estudiantes. Una de ellas alta y de cabello negro, reclamaba especial atención por su belleza y risa franca y alegre. Era consciente de su hermosura y sabía hablar para atraer la atención de los demás. De tez  blanca y grandes ojos negros rasgados atrayentes, imposibles de ignorar cuando se le miraba. De cuerpo muy bien formada, aparentando una mujer ya adulta de entrando a los treinta años. Dos senos bien formados se proyectaban hacia adelante provocativamente estirando la tela  de su blusa de seda.
De repente con cierta picardía premeditada, se ponía seria y luego estallaba en una risita.  Volteaba la cabeza haciendo mover con sensualidad  su negra y lacia cabellera que le caía por encima del sobretodo.
Su nombre era Adriana. Junto a ella estaban dos amigas. Creo que una llamaba Yudith, bastante energética en sus movimientos al hablar, una morenita simpática de sweater rojo, quien daba pequeños saltos y batidas de brazos al hablar. Estaba narrándole a su amiga las peripecias de un partido de volibol.
La tercera era  Eunice una joven de lentes, pelo lacio rubio,  con cara de bibliotecaria, de piernas largas que vestía un pantalón blue jeans sweater blanco. Era  bastante delgada de rostro pálido y manos grandes. Llevaba un bolso de tela color beige en donde tenía unos libros.
El trio era el centro de atención de muchas miradas. Irradiaba un aura de vitalidad y fuerza juvenil que armonizaba muy poco con el medio ambiente tan ordinario.
Algunos jóvenes intentaban recalar en aquel oasis de encantadora frescura y  se acercaban con cualquier motivo para establecer una conversación. Se retiraban luego algo decepcionados de no poder captar la atención de las jóvenes muchachas y luego venían a otros a conversar con ellas.
La del sweater blanco y lentes se separó de ellas se sentó en una mesa vacía. Sacó un libro del bolso y empezó a leer. El cabello le caía sobre la cara y no podía ver su rostro.
Cambie de mesa me dirigí casi inconsciente hacia el punto de atracción y le pedí permiso para compartir la suya.
-No hay problema- me dijo.
Eunice era estudiante de química. Le faltaban dos años para graduarse y ya estaba trabajando en la tesis. Le dije que yo pensaba estudiar biología.
-Pues entonces vas a tener que aprender mucha química- me dijo. Sin química no hay biología. Todo en la vida son procesos químicos. La forma en que actuamos y nos movemos depende de las hormonas y sustancias químicas que manda el cerebro.
- Increíble- fue lo único que pude decir y me quede boquiabierto.
Luego con algo de rubor en sus mejillas agregó
-Inclusive te acercaste hacia mí porque tus hormonas masculinas te enviaron alguna señal.
- Eso es positivo - le dije sonriendo.
-Chao.

-Chao Eunice. Creo que vas a ser una excelente profesora cuando termines tus estudios. Cónchale! Lo haces muy bien.

Viaje al Atardecer II

II. El llano adentro.


Me estremecí  al escuchar un largo toque de la bocina  y luego ver el bus  lanzar una nube negra de humo por el tubo de escape. Entregué las maletas a uno de los conductores y me devolvió un pequeño recibo. Subí con un maletín y el sweater en la mano. El bus  de 40 pasajeros comenzó a moverse a paso de tortuga hacia el peaje y luego enfiló  en la autopista. Me acomode en mi asiento de la mejor manera  que pude, después de despertar al tipo de al lado y empujarlo, pues tenía las piernas atravesadas hacia mi asiento.
Quede mirando hacia el frente del autobús, donde un tablero plástico de color crema separaba  la cabina de los choferes del resto de los pasajeros. El mismo se hallaba iluminado por una lucecita amarilla que permitía leer  un cartel que decía” Favor no molestar al conductor”. Un poco más arriba pintado en letras doradas y futuristas sobre la tapicería un segundo rotulo que decía Turismo de Lujo.  
Una vez que se puso en marcha, los movimientos bruscos nos hacían bambolear  de un lado a otro, hasta alcanzar una velocidad regular. El zumbido del motor, aunque era constante al comienzo se fue apagando hasta desaparecer. Anochecía y la oscuridad nos aislaba del mundo.
Una joven pareja que iba en el asiento de atrás hablaban todo el tiempo y no cesaban de darse pellizquitos, besitos, sobadas y otros amapuches.   Al parecer eran dos novios, que regresaban después de unas vacaciones. La mujer de unos treinta años, algo rolliza llevaba unos lentes de sol y  fuerte maquillaje. Un perfume  de mujer, bastante penetrante  se apoderó del autobús. Revisaba el bolso, sacaba fotos de un viaje a la playa y su novio reía con las ocurrencias de ella. A cada momento me pedían que por favor cerrara mi ventanilla, pues les molestaba el viento de la autopista.

En Valencia el autobús entra al terminal a recoger pasajeros.
Baje a dar un paseo el terminal sin propósito alguno. El terminal  estaba dividido por  pasadizos internos que forman un laberinto. Por los pasillos circula  la gente haciendo equilibrio para no tropezar con los vendedores de frutas, revistas y baratijas. Visité los puestos de las revistas. Luego pensé en comprar  una manzana. Entre a una pequeña refresquería o abasto de víveres.
También se bajó una muchacha del mismo autobús en que yo viajaba  y entró a la tienda comprar  un paquete de galletas de soda. Se inclinó bastante hacia adelante sobre el mostrador de vidrio con los pies muy juntos y casi en puntillas,  pudiendo yo  ver una piernas muy blancas bien torneadas debajo de una corta falda de color amarillo. Su cabello rubio algo despeinado le tapaba casi todo el rostro a excepción de los grandes ojos con unos lindos parpados negros que recordaban a  Brigitte Bardot.
La mitad de las manzanas estaban malas, con moretones y magulladas hacia los lados. Deseche la idea de comer una manzana verde, algo que mi madre siempre recomendaba para los viajes, pues las vi muy duras con cara de acidas. Seleccione una que me pareció buena por ser la más roja de todas y la pagué. La catira  me sugirió lavarla bien antes de comerla, lo cual agradecí.
-Cuanto le debo- le pregunté al portugués.
-Un real- me respondió de mala gana.
-Dame una caja de chicle de menta.
El portugués tomo el bolívar que le facilite y me devolvió un medio. Me dio mi caja de chicle del mismo color de la minifalda de la joven. Destape la caja y le ofrecí a la muchacha.
La chica se me ofreció para quitar la cintica roja que abría el envoltorio de celofán. Le ofrecí algunos chicles.
-Gracias- me contesto con una risa franca después de tomar uno ella misma.
Fue la primera vez que pude sonreír en aquel día.


Pasamos por el Campo de Carabobo y caímos en el llano en medio de la más absoluta oscuridad. Era lo que llaman algunos el llano adentro. Un gran aviso algo oxidado de leche Klim se mantenía en pie a la orilla del camino y se estremecía con el viento. Al final de un caminito recto bordeado de piedras entre un pajonal muy seco,  había un pequeño monumento en  forma de prisma para recordar la batalla de Taguanes.
Apenas se encendían en el camino unas lucecitas cuando atravesamos como alma que lleva el viento a  Tinaquillo, la Puerta del Llano y a San Carlos. El número de  buenas instalaciones en la carretera por estos lugares es casi cero. Hay algunas bombas de gasolina semi abandonadas, en donde no provoca detenerse.  
El bus se balanceaba al paso de las gandolas de dieciocho ruedas que venían en sentido contrario. Gandolas de dos remolques llevando ganado para los mataderos. Dejaban un olor a bosta en el aire. Los grandes ojos de las vacas lanzaban rayos luminosos que me inquietaban. Miradas de terror que anunciaban la muerte.
Para entretenerme un poco y no seguir en tristes cavilaciones  iba cantando en mi mente algunas melodías de Simón Diaz.
El triste mugido del ganado en una apretada confusión de patas, cascos bruñidos y cachos afilados era inquietante. Los animales se movían con violencia  de un lado a otro entre las duras barandas  de hierro de aquellos camiones. Luego la gandola se volcaba en una curva. Las reses salían volando por el aire. Entraban al autobús y arremetían contra los pasajeros. Nos pasaban por encima,  huían  por la sabana. Me desperté sudando.

Aclaró mis sentidos el olor a palos secos y a fogones de cochineras. También el viento traía el humo viajero de las quemas del verano. Cenizas de maderas que se consumían  entre el monte. Brazas que nunca terminaban de arder. La pareja de atrás empezó a sintonizar una emisora de radio colombiana. El lejano eco de una cumbia me dopaba.
Desde un colchón de nubes tendido sobre el horizonte salió la luna a mirar la sabana iluminando el  paisaje nocturno del llano bastante plano y monótono. Con  una extraña precisión   las cosas relumbraban con destellos plateados a excepción del negro macan  de la carretera. La sabana parecía un mar de color verde oscuro. En el horizonte una masa irregular de negros samanes arañaba con sus ramas el tumulto de sombras arrojadas por cerros. El viento silbaba. Más allá de la luna un planeta amarillo brillaba solitario entre el cielo de un azul eléctrico. Un cielo infinito y estático que no se movía,  tachonado de puntos blancos que giraban en círculos. Galaxias y nebulosas formaban espirales que crecían poco a poco. En el centro el rostro ovalado de Brigitte Bardot con sus ojos negros que hechizaban. Es un paisaje familiar del cual había hecho una copia al óleo. Si,  pensé en La Noche Estrellada de Van Gogh.
En las curvas el autobús se inclinaba como  un barco y mi cabeza bamboleaba de un lado a otro. Poco apoco  el sueño se apoderó de mí. 



martes, 15 de agosto de 2017

Viaje al Atardecer I.

I. La partida.

Hoy, después de tantos años, escribo esta pequeña historia para recordar momentos inolvidables que puedan ser de interés para alguien interesado en las cosas del pasado. O tal vez para algunos lectores ociosos en busca de entretenimiento.
Tenía todo planificado para el gran viaje de mi vida. Un viaje sin retorno en aquel día de comienzos de marzo de 1970. Debía irme a vivir a Mérida.
La maleta sobre la cama con su tapa abierta dejaba, ver todo en orden  con mis pocas pertenencias, libros de matemática dentro de un maletín, algunas pequeñas bolsas de ropa que había cosido mi madre para mi hermana y al lado un sweater para protegerme del frio. No faltaba tampoco una pequeña caja con unas pastillitas de dramamine, para el mareo y un frasquito de solunovar, medicamento bastante efectivo para  curar los irritamientos de la garganta,  una molestia que me ocurría  con bastante frecuencia.
Para un joven de 19 años aquello era una aventura a lo desconocido, aunque mi estado de ánimo era de tristeza. Siempre he sido algo conservador y poco dado  los cambios. Yo no veía en esta separación algo más que un deber familiar o compromiso con la sociedad para ser útil el día de mañana y tener un trabajo digno.


Debía separarme de mis padres y hermanas en primer lugar, y en segundo lugar, dejar la ciudad de Maracay en donde pasé momentos inolvidables, en medio de  un grupo numeroso de amigos, excompañeros de liceo. Me hubiese gustado estudiar en otra Universidad más cerca de mi casa y poder estar en contacto diario con los conocidos y mi familia.
Por vez primera comencé a reflexionar sobre los cambios y las etapas en la vida de los seres humanos. Son como pasadizos secretos en donde uno entra y sale como en un cine. Ya no sería más el muchacho tremendo e irresponsable, jugador de tenis y baseball que andaba de vago de casa en casa visitando  amigos en El Calicanto y La Soledad. En las noches cálidas, junto con Nestor, Eduardo o Roberto  nos escapábamos en algún carro de la familia de alguien para ir a ruletear a los lugares de moda, como el Hotel Maracay o Las Delicias donde hacíamos competencias de velocidad. Siempre recorriendo la ciudad en parrandas, visitando amigas y en fiestas donde no nos invitaban, para acrecentar nuestra fama de jóvenes manganzones ociosos. Eran los años 70 y los jóvenes se rebelaban. En la ciudad empezaron a aparecer discotecas y cervecerías por todas partes.

Mérida era el fin del mundo para nosotros los del centro del país. Un lugar extraño donde no había equipo de béisbol profesional. Otro clima, otras costumbres: los andinos eran personas extrañas y sumamente reservadas que pronunciaban con lentitud las eses y se trataban de Usted. Mérida en un lugar frio, en un rincón de Venezuela y apartado entre montañas. Se suponía que iba a vivir en casa de mi hermana mayor y por lo tanto el futuro no era tan incierto. Tenía que dar el gran salto. Sería una nueva etapa en mi vida como estudiante universitario en la Facultad de Ciencias. Mi familia me veía a hora con más respeto y mi padre estaba orgulloso de tener otro hijo en la Universidad, algo que él nunca pudo hacer pues la Guerra Civil  española, truncó su vida y después de emigrar a Venezuela se dedicó de lleno a trabajar duro para echar a delante una familia.
Deje de pensar en esas cosas y me acerque a la ventana de mi cuarto que daba hacia el patio, cubierto ahora por la sombra de un gran árbol de mango, por cuyas hojas se filtraban los últimos rayos del sol que proyectaban rectángulos de color naranja en la pared.
Recuerdo que esa tarde en casa cenamos  más temprano de lo normal. Después de lavarme las manos pase cerca de mi cuarto y eché un último vistazo a aquella habitación envuelta en un silencio sepulcral.  Eran las cinco  cuando coloque mi equipaje en la maleta del carro. Mis padres y mi hermana menor me llevaron hasta La Encrucijada de Aragua en donde se tomaba el autobús. El pequeño auto Opel de color verde manzana, salió de El Calicanto y volví hacia atrás la mirada para contemplar el recio samán de la esquina.
Mi padre manejaba fumándose un cigarrillo que sostenía en su mano y a veces se lo llevaba a la boca para hacer los cambios de velocidad. Siempre fumaba la marca Vicerroy pero hacia poco se cambió a la marca Astor. Recorrió la Avenida Bolívar que estaba bastante despejada a esta hora y luego se subió a la Autopista en La Barraca. De allí seguimos unos veinte minutos y salimos de la autopista en el primer peaje que apareció a mano derecha.
Llegamos a la Encrucijada cuando ya oscurecía. Este   lugar  era una explanada de asfalto bastante amplia, donde había espacio de sobra para estacionar los carros; un  cruce de caminos que venían del Llano,  Caracas, Valencia y otros lugares. Desde siempre fue  un punto obligado de parada para los choferes de autobuses y gandolas para poner combustible, comer y descansar un rato. Pequeños restaurantes, ventorrillos, kioscos de frutas y  fuentes de soda se alineaban a la orilla del camino, y la gente entraba y salía como hormigas de aquellos comederos de  oscuros interiores olorosos a cochino frito, cachapa  y pollo a las brazas.
Estacionamos cerca de donde llegaban los autobuses que venían de Caracas e iban hacia los Andes. Temblaba un poco pues sentí algo de frio y me puse el sweater. Mi familia me hablaba bastante para animarme y alejar un poco la tristeza que me invadía. El hecho de permanecer todos dentro del vehículo le daba un carácter especial de unión e intimidad a aquella última reunión familiar y se me hizo un nudo en la garganta. Con dificultad pude contener mis lágrimas.
-Toma el pasaje. Tenlo a la mano. No lo vayas a perder, pues me costó veinte bolívares- Me dijo mi padre.
-Mérida es muy bonito- decía mi Madre. Al comienzo todo es distinto, pero después  de un tiempo te vas acostumbrando.
Después de una media hora de espera, llegó el autobús de Caracas. Mi padre apagó el cigarrillo se bajó y abrió las maletas. Fue una despedida corta de palabras. Todos me abrazaron y besaron y nos separamos.